El Reflejo parecía contener la respiración. Cada calle, cada farola líquida, cada eco del pavimento resonaba con una vibración inquietante, como si la ciudad misma supiera que algo estaba por romper la calma. Las voces que antes susurraban secretos y guías ahora gritaban advertencias, mezclando ecos de magia, miedo y promesas rotas.
Adrián y Seraphine avanzaban entre las sombras, con Eldric y Lyra siguiéndolos de cerca. Había tensión en cada paso, una sensación de peligro inminente que obligaba a mantener la concentración y la calma. No era solo un desafío físico, sino un conflicto de voluntades, un enfrentamiento donde la ciudad reflejada misma parecía conspirar contra ellos.
—Escuchas eso —dijo Seraphine, inclinando la cabeza para captar un murmullo distante que se transformaba en un coro de voces, algunas suaves y cálidas, otras cortantes y amenazantes—. Son… como gritos de advertencia.
Adrián asintió, ajustando su postura y apretando ligeramente su mano contra la de ella, como un recordatorio silencioso: no estás sola.
—Sí… pero no podemos detenernos —susurró—. Mientras estemos juntos, esas voces no nos derrotarán.
A medida que avanzaban, las voces comenzaron a adoptar formas casi visibles, sombras que danzaban y se mezclaban con la luz líquida, creando figuras que parecían confrontar sus miedos más profundos. Algunos momentos parecían reales, otros ilusorios; la línea entre lo tangible y lo imaginario se desdibujaba.
Lyra señaló un callejón donde las sombras parecían más densas.
—Aquí es donde el Reflejo prueba a quienes cruzan —dijo—. No es solo magia; es un examen de corazón, de valor y de confianza.
Eldric asintió en silencio, observando cómo Adrián y Seraphine se miraban a los ojos. El peligro no solo los enfrentaba a fuerzas externas, sino a la prueba más íntima de su vínculo. Cada susurro maligno, cada sombra que parecía atacar, era un recordatorio de que debían protegerse el uno al otro, no con fuerza física, sino con confianza y cercanía emocional.
Adrián respiró hondo y tomó una decisión silenciosa: no dejar que el miedo los separara.
—Seraphine, confía en mí —dijo, con voz firme, mientras una sombra se acercaba para bloquear su camino.
Ella lo miró, y en un gesto cargado de emoción, apoyó su frente contra la suya, transmitiendo más que palabras: estoy contigo, pase lo que pase.
—Siempre —susurró ella—.
El Reflejo pareció detenerse un instante, como si reconociera la fuerza de ese lazo. Las sombras titubearon, y la luz líquida de las farolas comenzó a agruparse, formando un camino seguro que solo se abría ante quienes demostraban lealtad y amor verdadero.
Cada paso que daban era un acto de confianza y valentía. Las voces externas trataban de sembrar dudas, pero el vínculo entre Adrián y Seraphine actuaba como un escudo invisible, protegiéndolos y guiándolos.
En un momento de calma relativa, Adrián se inclinó hacia ella, y sus manos se entrelazaron con firmeza.
—Nada nos derrotará mientras estemos juntos —dijo—. Ni la ciudad, ni las sombras, ni los susurros.
Seraphine sonrió con ternura, sintiendo cómo cada miedo se disipaba con la certeza de estar junto a él.
—Juntos —repitió—. Siempre juntos.
Mientras continuaban, la ciudad reflejada seguía susurrando, pero ahora las voces eran diferentes: mezcla de advertencia y respeto, recordándoles que habían pasado la primera prueba real del corazón, y que su amor silencioso, lleno de gestos y confianza, podía resistir incluso las fuerzas más oscuras.
El conflicto externo no había terminado, pero Adrián y Seraphine habían aprendido a enfrentar la guerra de las voces con unión, calma y un romance que se fortalecía en cada prueba, mostrando que incluso en medio del caos, la ternura, la cercanía y la confianza eran más poderosas que cualquier hechizo o sombra.
Editado: 04.01.2026