El Reflejo comenzó a iluminarse suavemente, como si un amanecer lento y pausado despertara entre sus calles líquidas y torres de cristal. La luz no venía de un sol real, sino de la ciudad misma, que parecía responder al latido de sus corazones. Cada farola líquida reflejaba sus figuras, proyectando sombras que se entrelazaban, mostrando que no caminaban solos, sino unidos en cada pensamiento, cada emoción y cada decisión.
Adrián y Seraphine avanzaban por las calles que ahora parecían más seguras, pero todavía cargadas de misterio y promesas por cumplir. La experiencia de cruzar el portal y tomar decisiones críticas había dejado huellas invisibles en ellos: miedo, dudas, pero sobre todo, un vínculo inquebrantable que se sentía en cada gesto, cada mirada y cada roce de sus manos.
—Nunca imaginé que algo así fuera posible —susurró Seraphine, con la voz apenas audible, como si no quisiera romper la magia del instante—. Sentir que… lo que sentimos trasciende el tiempo y el lugar…
Adrián la miró, sus ojos brillando con la intensidad de la emoción contenida.
—No es solo imaginación —dijo—. Lo que tenemos es real. No importa si estamos aquí o allá, en el Reflejo o en la ciudad moderna… siempre nos encontraremos, siempre nos apoyaremos.
Ella sonrió suavemente, apoyando su frente contra la suya. Ese simple gesto hablaba de confianza, ternura y un amor implícito que no necesitaba palabras para confirmarse. La ciudad, en silencio, parecía reconocer la fuerza de su unión, como si cada edificio, cada farola y cada reflejo respondiera al ritmo de sus corazones.
Los recuerdos del pasado reciente surgieron en sus mentes: la primera vez que se tomaron de la mano en la plaza de los relojes, los desafíos enfrentados en la torre de los secretos, la caída de la noche y el reloj roto. Cada prueba había sido una lección, un escalón hacia la certeza de que su amor era algo que ningún obstáculo podría quebrar.
—Cada amanecer aquí me recuerda algo —dijo Adrián, mirando la luz líquida que se expandía sobre el suelo—. Que la vida no se mide en horas, sino en momentos compartidos, en decisiones valientes y en confianza mutua.
Seraphine suspiró, con los ojos brillando de emoción contenida.
—Entonces prometamos algo —dijo—. Que, pase lo que pase, siempre recordaremos esto. Que siempre elegiremos estar juntos, sin importar el mundo, el tiempo o la distancia.
Adrián apretó suavemente su mano, cerrando los ojos por un instante.
—Prometido —dijo con voz firme—. Esta promesa… trasciende cualquier frontera, cualquier obstáculo, cualquier miedo.
Mientras caminaban, las calles líquidas parecían acompañarlos, proyectando reflejos de luz que dibujaban caminos invisibles, guiados por la sincronía de sus emociones. Cada paso era una afirmación de que su vínculo no solo era romántico, sino también una fuerza que podía desafiar cualquier límite.
A lo lejos, Eldric los observaba, asintiendo en silencio.
—El amor verdadero —murmuró—. No necesita hechizos ni pruebas para probarse. Solo requiere confianza, sacrificio y la voluntad de permanecer juntos.
La ciudad reflejada, con su luz cálida y su aire vibrante, parecía escuchar esas palabras, como si estuviera viva y consciente de que un vínculo tan fuerte podía cambiar la esencia misma de sus calles, de su tiempo y de su magia.
Adrián y Seraphine caminaron hacia un balcón que daba a un río de luz líquida. Allí se detuvieron, observando el amanecer del Reflejo, un instante suspendido entre mundos.
—Mira —dijo Seraphine, señalando cómo la luz se reflejaba en los cristales—. Es nuestro amanecer. Nuestro comienzo y nuestra promesa.
Él la rodeó con el brazo, acercándola a sí, y juntos observaron cómo la ciudad entera parecía respirar a su alrededor, como si reconociera la fuerza de su amor y la pureza de sus intenciones. Cada gesto, cada mirada, cada susurro compartido consolidaba un lazo que trascendía el tiempo y el espacio, un amor que no necesitaba palabras, porque se sentía en cada latido, en cada reflejo, en cada sombra y en cada luz.
El amanecer continuaba extendiéndose, transformando las calles reflejadas en un mar de posibilidades infinitas. Allí, en ese instante detenido y mágico, ambos comprendieron que su romance ya no era solo un sentimiento, sino una fuerza que podía sostener mundos, y que cualquier frontera temporal o espacial sería solo un desafío más que podrían enfrentar juntos, mientras mantuvieran la promesa que acababan de sellar.
El Reflejo susurró suavemente a su alrededor, como un recordatorio: la verdadera magia no reside en los hechizos ni en los portales, sino en el amor que se elige y se confirma en cada instante compartido. Y así, mientras el amanecer se alzaba lentamente, Adrián y Seraphine caminaron juntos, sintiendo que su vínculo era ahora eterno, indestructible y lleno de luz.
Editado: 04.01.2026