Apenas habían avanzado unos metros por el sendero de luz cuando el cielo del Reflejo se oscureció de repente, y un viento helado lleno de partículas brillantes comenzó a recorrer las calles flotantes. No era un viento común: cada ráfaga parecía responder a los temores y dudas de los que caminaban por la ciudad. Las farolas líquidas parpadeaban, y los reflejos en los edificios se fragmentaban en miles de cristales que flotaban y giraban en el aire, creando un laberinto resplandeciente que amenazaba con atraparlos.
—¡Adrián! —gritó Seraphine, sujetándose de su brazo mientras los cristales cortaban el aire como dagas de luz—. Esto… esto no es natural.
Adrián respiró hondo y respondió con calma, tratando de transmitir seguridad.
—No podemos dejarnos vencer por el miedo —dijo—. Mira a tu alrededor: los cristales responden a lo que sentimos. Si confiamos en nosotros mismos y en lo que somos juntos, podemos atravesarlos.
Lyra apareció a su lado, su luz azul y dorada estabilizando el torbellino de partículas.
—Esta es la tormenta de cristal, una prueba antigua —explicó—. No mide fuerza ni rapidez, sino coraje, cooperación y sinceridad del corazón. Cada gesto de confianza y amor puede disipar la tormenta, cada duda la alimenta.
Eldric se mantuvo a cierta distancia, observando con gravedad.
—Recuerden —dijo— que no están solos. Esta prueba es tanto emocional como física. Lo que sienten entre ustedes define el camino que se abrirá.
Adrián tomó la mano de Seraphine con firmeza y miró sus ojos:
—Confío en ti. Cada paso que demos juntos nos protegerá. No dejemos que nada nos separe ahora.
Seraphine asintió, con la respiración agitada pero la mirada firme.
—Siempre juntos —susurró.
Al avanzar, los cristales comenzaron a responder a la fuerza de su vínculo. Aquellas partículas que antes giraban caóticamente, se organizaron en un patrón de luces que formaban un sendero seguro. Cada cristal parecía brillar más intensamente al ritmo de sus corazones sincronizados, reflejando el poder de la confianza mutua.
En medio de la tormenta, Adrián y Seraphine compartieron un momento de silencio profundo, sintiendo que la ciudad misma estaba atenta a cada emoción que fluía entre ellos. Cada paso era un acto de valentía, cada gesto un reflejo de amor que reforzaba la armonía del Reflejo.
—Nunca imaginé que nuestro amor pudiera… —dijo Seraphine, interrumpida por un brillo que casi los cegó—. Nunca imaginé que pudiera ser tan… tangible.
—Lo es —respondió Adrián—. Aquí, en el Reflejo, nuestras emociones no solo nos definen, sino que dan forma a este mundo. Cada duda, cada miedo, cada certeza… todo tiene un peso real.
Finalmente, llegaron al centro de la tormenta, donde los cristales se arremolinaban en un vórtice que parecía absorber todo a su alrededor. Con un gesto sincronizado, ambos extendieron sus manos y fusionaron sus energías emocionales, dejando que su vínculo irradiara fuerza y calma. El vórtice se disolvió en un estallido de luz que bañó la ciudad, restaurando la armonía y dejando un sendero de cristal brillante que los condujo hacia adelante.
Mientras avanzaban, Seraphine apoyó su cabeza en el hombro de Adrián, respirando con alivio y ternura:
—Si algo así puede superarse juntos, entonces sé que podemos enfrentar cualquier cosa.
Adrián la abrazó suavemente, sintiendo que cada latido compartido consolidaba no solo su amor, sino la magia que mantenía vivo el Reflejo.
Y mientras la ciudad líquida retomaba su calma, las luces danzaban en un ritmo sereno, como si celebraran el poder del amor y la confianza que ambos habían demostrado, dejando claro que aunque nuevas pruebas y secretos esperaban, el corazón de la historia seguía latiendo fuerte, unido y lleno de esperanza.
Editado: 04.01.2026