Cuando nace una estrella.

Capítulo 1. Mi Estrella fugaz

Via

Algunas veces solo se necesitaba un éxito, una simple batalla que, al ganarla, te daba la motivación suficiente para existir.

La mayoría del tiempo, la vida se empeñó en asegurarme que perder también era una forma de ganar, aun cuando nunca entendí el cómo y menos el porqué.

Recorrí cada rincón, caminé tanto, y no solo metafóricamente hablando. Pues la mente, a mil por hora, llegó a ser la mayor enemiga del corazón. Respirar aire fresco ya era ganar algo hoy en día, en especial porque significa que tenía un nuevo intento para lograrlo.

La primera semana en este nuevo lugar fue la más complicada. Viajar de mi pequeña ciudad en el norte hasta la aterradora Ciudad de México fue el sueño que me prometí desde que era una niña y que logré con sangre, sudor y lágrimas.

Encontré paz en los lugares que tanto me prohibió mi abuela; en específico, en este asiento: la banca que recientemente habían puesto.

Se volvió mi nuevo escondite a la luz de la luna. El lugar estaba a plena vista, por lo que solo me ocultaba de las personas, aunque me gustaba escuchar sus gritos de felicidad y euforia

De cierta manera, aquí trataba de dispersar los malos pesares y las premoniciones. En esta ocasión, evadía cualquier emoción relacionada con lo que sucedería mañana.

Arrugué el boleto de entrada y cerré con fuerza mis ojos unos segundos. Imaginarme en situaciones donde hacía las cosas que no me atrevía a hacer en la realidad disminuía los pensamientos trágicos que suelen ser un martirio.

Porque si mil fueron las oportunidades que tuve, las mismas mil las desperdicié inventando novelas con finales dolorosos.

Alcé el rostro y mis ojos recayeron en el letrero iluminado que estaba al cruzar la calle. Lo examiné como suelo hacerlo cada noche, perdiéndome en sus colores y en las maldiciones que se cuelan del edificio.

"Arena México". Se leía por todas las partes del edificio. Unas letras color blanco, otras de colores y unas más que no alcanzaba a distinguir por completo.

—No romperé las reglas que mi Dani me puso —me prometí internamente.

Eran promesas que pesaban porque sabía que no sucederían; entrar a las luchas era una puerta que, según mi abuela Dani, estaba prohibida abrir.

Algo me llamaba de esa arena en particular. Entrar era fácil, pero ¿podría salir?

La gente pasaba por esas puertas con una felicidad tan exaltada que parecía falsa; puede que falsa solo para mí, porque nunca la había experimentado.

Cuando las personas se aglomeraron para pedirle autógrafos a los hombres con máscaras, supe que era mi momento de regresar al departamento y así huir del mundo.

Arreglé mi cabello, poniéndolo tras mis orejas, y emprendí mi nuevo camino. Era demasiado tacaña como para pagar taxis con precios excesivos, por lo que seguir caminando siempre sería la opción acertada.

Con cada paso que daba olvidaba las dimensiones del presente, recordando que mañana sería la fecha límite que yo misma le puse a mis sueños.

Mi última oportunidad.

Llevaba años en el intento fallido de cumplir mi sueño de ser actriz. Años de audiciones, procesos, callbacks, correos, cámaras, luces y, sobre todo, rechazos.

—Este es el último casting en el que participo —volví a hacer una promesa vacía.

Igual de incómoda como el sonido raro del aire que movía las hojas de los árboles y enchinaba mi piel. Las mismas hojas hacían figuras en la banqueta que me mantenían alerta e intentaban sacarme del bucle de lamentos que había en mi mente.

Alguien pateó o probablemente tropezó detrás de mí; pude oírlo, mas no me atreví a voltear. El frío de la ciudad se combinaba con el sudor helado de mi cuerpo. Me estremecí en el intento de brindarme un poco de calidez propia.

¿Esto era un presentimiento? ¿Era por lo de mañana?

Este viaje fue en vano, ¿cierto? No lo iba a conseguir.

No lo iba a lograr y mi mayor sueño se arruinaría. Lo sabía muy en el fondo. Porque siempre fui el "NO", y nada cambió desde entonces.

Vaya que lo intenté.

Vaya que luché.

Pero de luchas no se vive, de derrotas no se celebra y de tristezas no se disfruta.

Probablemente llegué tarde a cumplir mis sueños. No me enojaba con mi yo del pasado. Al fin y al cabo, solo era una niña que sobrevivía, que deseaba eliminar los estragos de no ser suficiente.

El ciclo de la vida me convirtió en la mujer que quería demostrarle a todo el mundo que podía.

Me enojaba con mi yo del presente, y no por desconfiar de la imagen que veía diariamente en el espejo, sino por dejar de creer en la pequeña niña con ilusiones. No le di la vida de sus sueños. No la protegí. No la escuché.

Y lo que más me duele: no la amé.

Convivía con la constante idea de irme para siempre y dejar de sufrir, acompañada de lo cobarde que era para acabar definitivamente con este dolor.

Me daba miedo vivir, pero no tanto como morir.

No sé si darle las gracias al miedo por detenerme u odiarlo por no ayudarme a hacerlo. Estaba perdida, aterrorizada en la gran ciudad, y se suponía que nadie tenía las respuestas más que yo.

Me rendí hoy, y posiblemente, mañana.

El sonido de un perro aullando me puso la piel de gallina y me devolvió al presente. Fue el grito ahogado de auxilio que solté al darme cuenta de la situación lo que terminó sacándome de mi mente.

Las sombras en las paredes se hicieron cada vez más tangibles. Puede que estuviera imaginando cosas, o puede que la figura del hombre tras de mí fuera real.

Comencé a caminar cada vez más rápido hasta que se volvió un maratón: correr para salvar mi propia vida.

Con movimientos torpes y a tropiezos saqué con dificultad mi celular para pedir ayuda. Lo único que tenía claro era que estaba siendo perseguida por las calles oscuras.

Hubiera dado lo que fuera por haber pagado ese taxi y no haber caminado, mucho menos por los callejones que llevaba apenas una semana conociendo.




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