Damián.
—Allí —señalé con euforia—. Allí estaba sentada. Cada que salgo, está aquí.
Apunté con mi dedo hacia la banca mientras cruzábamos la calle. La imagen en mi mente era clara. En cada escapada que me regalaba entre funciones la veía a ella, tan concentrada en la nada, porque nunca hacía una actividad que pudiera reconocer. Solo observaba con atención las luces de la arena; simplemente existía.
Y eso era lo que la hacía especial. No era diferente, pues no la conocía para decirlo. Solo era ella.
—Pues hoy no está.
Mi hermano hizo obvia la situación. Claro que no estaba, y ese era el problema.
—Llevaba una semana viéndola y ayer que me acerqué lo arruiné todo. Wey, lo arruiné.
Me decepcioné porque lo único que tenía que hacer era decirle: <<Hola, soy Damián>>, pero no lo hice, olvidé descubrirme la cara y la asusté.
Sujeté de la camisa a mi hermano y él quitó mis manos mientras tomaba asiento.
—¿Y qué querías? Ella huyó de ti, lo vi.
—No huyo, solo salió corriendo para alejarse de mí.
Me senté en el lado contrario mientras sostenía mi cabeza con las manos, arrepintiéndome por la tontería que hice ayer.
—Ya, wey. No es para tanto —me animó, acomodándose a mi lado.
—No, sí es —lo contradije, quitando su mano de mi hombro.
—Piensa o al menos intenta pensar. —bromeó. Torcí mis ojos haciéndole muecas—. ¿Cómo podemos encontrarla? ¿Sabes algo más de ella? Algo que nos pueda ayudar o algo que podamos hacer.
—Sé su nombre —confesé con cierta vergüenza.
—¿Cómo chingados sabes su nombre?
Le sonreí con culpa y no respondí.
—Damián, ¿Qué pasó ayer? Damián —volvió a interrogarme.
—Nada, nada, nada.
—¿Por qué siento que eso que dijiste de que no la alcanzaste fue mentira?
Mordí el interior de mi labio y evadí su pregunta.
—Via. Se llama Via y tengo que encontrarla.
—Tenemos que entrar a trabajar, eso es lo que tenemos que hacer.
Accedí a su sentencia porque no quería seguir echándome de cabeza. No podía saber a detalle toda la persecución de ayer.
Volvimos a entrar a la arena, pues no tenía otra opción. Mi hermano era bastante estricto con cualquier tema relacionado al trabajo.
Mientras me colocaba el equipo, mi mente desarrollaba un plan estratégico para volverla a ver; es decir, rezaba para que al final ella estuviera allí por arte de magia.
—¡Meteoro y Estrella fugaz! —nos anunció el presentador.
Era hora de salir a trabajar y de dejar de pensar en ella.
—¡El fenómeno luminoso que encandila hasta las señoras de la tercera edad! —terminaron de presentarnos mientras bajábamos las escaleras que nos llevaban al ring.
Éramos la dupla maravilla de la empresa y el Equipo Constelación que representaba nuestra dinastía.
El grito de la arena se sentía cercano en nuestra vida. Lo escuchábamos cuando se lo dedicaban a papá y ahora lo abrazábamos porque era parte de nuestra historia. En ambas ocasiones enchinaban mi piel, al sentir la vibración del sonido rebotando dentro de mi máscara y en el latido de mi corazón.
El minuto que más disfrutaba de la vida y la sensación de pánico que me indicaba que estaba apunto de luchar era lo único que anhelaba desde que era el niño que jugaba a ser luchador.
Ese miedo era mi motor para triunfar. Si habían nervios, era porque me importaba lo que hacía y porque el peso de la dinastía valía.
Si de algo estaba orgulloso era de lo que mejor sabía hacer: luchar.
El tiempo pasaba entre las primeras llaves ejecutadas por mi hermano, seguidas de mis vuelos especiales.
Desde la tercera cuerda, mi primer lanzamiento falló. No hizo falta verle la cara a mi hermano para saber que se dio cuenta de mi error. El error que me costó la primera caída de la tarde.
—Concéntrate, cabrón —me advirtió mi hermano al llegar a la esquina para poder tomar aire.
Los rudos iban ganando.
—Sí, ya sé.
De regreso en el ring, Estrella fugaz, mi hermano se concentró en uno de los rudos mientras que yo casi caía nuevamente.
La frustración se presentó en mis manos sudorosas, que me hicieron resbalar al querer sujetarme para dar un mortal hacia atrás.
Cayendo de panza contra la lona. Mi cuerpo ardió por el golpe y por la desesperación al escuchar las órdenes de Estrella.
Estaba apunto de rendirme, pero mi hermano llegó a mi rescate.
Con una llave de rendición inmovilicé a Semidiós, mi contrincante más fuerte. Con su cuerpo boca abajo, jalé sus piernas y brazos. Al ver su espalda arquearse, la última caída nos pertenecía.
Nos llevamos esta lucha, ganando como siempre. El equipo constelación lo había hecho otra vez.
Compartir el momento en el que el réferi nos alzaba a ambos las manos en señal de victoria hacía que todas las exigencias valieran la pena.
Ganar cinturones, títulos y reconocimientos dejaba de ser lo más relevante cuando recordaba que los obtenía de la mano de mi hermano.
Nos representábamos con las mismas máscaras, solo de colores distintos, y usábamos el mismo nombre en etapas distintas del viaje de una Estrella.
Porque esa fue nuestra promesa desde niños: siempre juntos, siempre iguales.
—No estabas concentrado —Me regañó mi hermano al verme entrar a vestidores. Intenté defenderme, pero no me dejó—. No lo digo porque podíamos perder. Lo digo porque, si no lo estás, te puedes lastimar, wey.
Me pegó una manotada en la cabeza y, por única ocasión, no continúe la pelea.
—No volverá a pasar —dije mientras me senté para tomar aire y descansar.
—No. No volverá a pasar porque te prepararás más y no vas a dejar que nadie se meta en tu cabeza ni que te distraiga.
—Como digas, estrellita —intenté bromear, pero la frustración me lo impidió por completo. Recibí un golpe en el hombro, pero antes de atacar me controlé—. Ya, Esteban. Quiero pensar.
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Editado: 17.06.2026