Damián
Me preocupaba tanto arruinarlo, que yo mismo me complicaba mis actividades diarias. Por ejemplo, hoy: olvidé cambiarme el equipo antes de que llegara.
—La máscara, la máscara, la máscara.
—Ra, ra, ra. —se hizo el chistosito Esteban—. Ahora una porra para el menso de mi hermano que está enamorado. —Me crucé de brazos, con el ojo temblando de frustración—. A la bio, a la bao, Mi hermano, mi hermano, mi hermano. Ra ra ra.
Resoplé, supuestamente calmándome. De no ser porque necesitaba su ayuda habría reaccionado de forma distinta. Teníamos máscaras iguales, pero justo hoy se me había ocurrido usar la que era de diferente color.
—Ella piensa que yo soy Estrella fugaz, ósea tú, idiota —expliqué entre dientes—, y mi máscara es distinta a la tuya, wey.
Los mensajes con Via se tornaron valiosos para mí; nuestras pláticas, la mayoría de las veces, representaban conocer una parte de ella que, estaba seguro, nadie podía saber. Desde aquel día no quise arruinar la conexión y, por ello, no le confesé que era Meteoro.
—Solo es el color, no exageres.
—¿Qué no exagere? ¿Y si se da cuenta que no soy quien digo ser?¿Y si me deja de hablar por tu culpa?, y...
<<¿Y si no soy lo que ella esperaba que fuera?>>
—Entendí, ya. —Me interrumpió, quitándose la máscara para prestármela—. No te conformas con usar mi nombre y mi teléfono; ahora también mi máscara.
Le di la caja que cargaba para que la sostuviera, en lo que me deshacía del nudo de la mía para intercambiarlas.
—Se nota que soy tu hermano favorito.
—Es porque eres el único que tengo, animal.
Sonreí con todos mis dientes, gustoso, y terminé de ajustarme la máscara, un tanto más tranquilo.
Dejé que cargara la caja mientras caminábamos hasta la banca. Aunque no era muy pasada, me preocupaba que por culpa de mis manos resbaladizas, se cayera. Al llegar, la vi sentada, tan concentrada en sus libretos que ni se dio cuenta de mi existencia, y me hizo olvidar la de mi hermano.
—Via —la llamé justo al estar al frente.
Alzó su rostro con sus ojos entrecerrados y la boca fruncida.
Me quedé callado, pues había evadido aquella conversación.
—Hola, cuñada —dijo mi hermano, sentándose a su lado.
Un sentimiento agridulce recorrió mi pecho al verlo tan cerca de ella. Lo conocía perfectamente; si se hubiera interesado en ella, desde el primer día hubiéramos tenido problemas.
—¿Cuñada? —cuestionó ella, volteando a ver a mi hermano primero y luego a mí—. ¿Son dos?
Tomé asiento al lado contrario y volvió a vernos a ambos, confundida.
—¿Son gemelos?
—¿No notas el parecido? —bromeó Esteban.
—Ja, muy chistoso, traen la misma máscara.
—Oye, la mía es azul —fingió ofensa.
Al instante estiré mi mano, dándole un zape, seguido de una seña para que se callara.
Yo traía la máscara azul, no él.
—Tu máscara es roja.
—Soy daltónico, perdón.
Por primera y, esperaba, única vez, le agradecí que mintiera.
— ¿Cómo te llamas?
—Esteban. Digo soy estre.. —de nuevo le di un zape—. Soy Meteoro, y tú deja de golpearme.
La sonrisa de Via aumentaba los latidos de mi corazón. Era muy linda, y tenía esa manera de hacer que nada alrededor importara. Era fácil verla porque, al hacerlo, te daba esa sensación de serenidad, aun cuando por dentro estuviera colapsando.
Estaba a punto de vomitar de los nervios. No podíamos seguir mintiendo, y decir la verdad tampoco era una opción.
El silencio nos acorraló en un segundo, amenizado con los grillos de la ciudad y el golpeteo que hacía mi hermano con sus dedos sobre la caja. La peor combinación para estar intentando conquistarla.
<<Alguien hable, antes de que me dé algo>>
—¿Qué tal si decimos tres cosas cada uno para conocernos? —sugirió mi hermano, Via asintió y él continuó hablando—. Inicio yo. Número uno: te traje galletas. Aquí tiene, señorita
Le extendió la caja con una sonrisa satisfactoria.
—¿Le trajiste?¿Tú? —lo enfrenté.
—Está bien, acompañé a mi hermano a comprarlas.
Vía encogió los hombros y se acomodó más cerca de mí hasta que nuestros brazos se encontraron.
—Gracias —se dirigió primero a Esteban y luego me susurró solo a mí—, y gracias por recordar que llevaba días con el antojo.
Los escalofríos al sentir su respiración causaron un cosquilleo en todo mi cuerpo. Sus labios se volvieron más deseables de lo que los recordaba. Mordí el interior de mi mejilla, evitando el impulso de acaparar toda su boca, y traté de volver a mis sentidos, pero su perfume me envolvió con lentitud.
—Número dos —se entrometió mi hermano, sin intentar ocultar que estaba incómodo—. Me llamo Esteban y, por último, me gustan mucho las galletas, así que comparte.
Vía abrió la caja y le dio una. Después me ofreció una y la acepté, como si de primera mano no me pertenecieran. Sin embargo, la idea de que ella tuviera todo de mí no me molestaba en lo absoluto.
—Te escuchamos, Vía. Después vas tú, wey.
Se quedó pensativa por unos segundos. Asumí que se aseguraba de que lo que le iba a contar a un extraño (mi hermano) y a su futuro novio (yo), no fuera lo suficiente personal.
—Mi nombre es Vianey, no solo Via.
—Sabía que no solo eran esas tres letras —mencioné— .¿Entonces no eres Via, así sin más?
Negó con su cabeza y continuó con el juego estúpido de mi hermano.
—Soy Vianey Silva Estrada.
—¿Silva? —se rio a carcajadas mi hermano y luego silbó con la boca—. Perdón, no quise ser grosero.
Escuchar sus chistes que no tenían nada de gracioso, era la maldición con la que debía vivir.
—Es el mismo chiste de siempre. —Ella sonrió y por fin comenzó a comerse la galleta—. Tengo un mechón blanco en la parte de atrás de mi cabello.
Guardó la galleta para buscar entre su cabello, sorprendiéndonos con ello. No mentía; sí era una viejita por tener canas.
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Editado: 07.07.2026