Via
Era un mundo allá dentro.
Un nuevo universo, que parecía que nunca había conocido antes. Miles de escenarios me hice en la mente, unos tantos inventados y otros más por platicas de mis compañeros.
Como último acto de amor hacia mí misma, logré pertenecer al lugar de mis sueños y mis anhelos.
Estaba enfrente de una cámara. Tan nerviosa, ansiosa y distraída; todas las emociones en mi corazón y en mi estómago. ¿Por qué siempre que estaba nerviosa me enfermaba del estómago? La psicóloga que recientemente visitaba lo nombró como somatizar mis sentimientos.
—¡Corte! —la palabra que se había vuelto de mis favoritas después de jornadas largas de filmación.
Los nervios antes de salir a escena no iban disminuyendo con el tiempo, pero Estrella fugaz decía que eran la indicación de que estaba trabajando duro en mis metas, y le creía.
Mi camerino ahora era mi casa y, de algo estaba segura, no había mejor casa que esa. Además, Anny siempre se esforzaba en que me sintiera como si fuera mi lugar seguro.
Saliendo del set, acostumbrábamos a ir directamente al área de los comedores. De la mano de Anny, mi rutina se iba acomodando lentamente a esta nueva vida.
—¿Quieres fruta o galletas? —me dio a elegir, extendiéndome los dos platos de comida.
Lo analicé por un segundo. Había dos opciones y tenía que elegir sabiamente.
Podía comer fruta, aunque realmente quería comerme esa galleta. Pero, si comía esa galleta, no iba a poder comer mi comida, porque ya serían muchas calorías. Por el contrario, la galleta, llena de azúcar y mantequilla, me haría arrepentirme por comerla.
La disputa era ¿Galleta o fruta?
—¿Y entonces, Via?.
—La fruta está bien, no tengo tanta hambre.
<<Sí tenía hambre>>
Me entregó el plato con fruta y nos sentamos en las mesas de hasta el fondo. Lentamente separé la fruta en secciones: las que más me gustaban y las que menos me agradaban; luego estaban las que contenían muchas calorías y las que no. Calculé mentalmente cuánto podría comer de cada una.
Anny seguía en su mundo, hablando de mil temas al mismo tiempo, y yo solo pensaba en cómo ella sí podía comer las 5 galletas de su plato.
—¿Por qué no has terminado de comer tu fruta? —me asustó con su pregunta Andrés.
Por alguna razón, siempre llegaba cuando menos lo esperábamos, casi como si nos espiara.
—Me llené —mentí.
—No, yo creo que puedes comer más —mencionó en forma de reto.
Sentándose con los brazos cruzados, alzó su ceja.
Observé a Anny y la misma pregunta se plantó en mi cabeza: ¿por qué ella sí podía comer 5 galletas?
—¿Es un reto? —rebatí, sin dejar de verlo a los ojos.
—Amo los retos —añadió Anny.
—Acepto. Si yo termino de comerme más rápido mi fruta que Anny y su pila de galletas, tú nos llevarás a comprar libros —sugerí.
—No —se unió a mi plan—. Si yo gano, quiero que nos lleves a comer helado.
Las dos parecíamos niñas pequeñas que querían que les cumplieran sus caprichos.
—Bien, hagámoslo —accedió Andrés tranquilamente.
Iniciamos con nuestra competencia de comida.
—¡Gané! —grité, casi atragantándome con la fruta.
—Fue una trampa.
—Gané y te tocará soportar.
—Tramposa. —Me sacó la lengua, pretendiendo estar molesta.
Así que hice la misma mueca que ella para hacerla enojar más.
—Ya, no peleen. Te llevaré a comprar tus libros y a ti tu helado.
La apuesta no tardó mucho en ser pagada. Un día exactamente.
Pasamos a la heladería, como se nos había prometido. Había miles de opciones y tenía que conformarme con una sola. Qué injusto era.
Deseaba que todos comiéramos todos los tipos de helado.
Antes de que fuera mi turno de elegir, mi teléfono vibró:
Estrella fugaz: No dejes que una caída defina toda tu lucha. Una lucha a la vez, cosa por cosa y caída por caída.
Al leer el mensaje, las lágrimas se acumularon en mis ojos. Era demasiado pronto para aceptar que me había adaptado a él.
Y él no estaba ni al tanto de lo bien que me hacía leerlo.
Recordé aquella noche cuando estuve con los hermanos y, en ningún momento, pensé en la comida.
Solo viví el momento.
—Un helado de chocolate —ordené. Lo pensé por no sé cuántas veces antes de seguir pidiendo—. Con una galleta encima, por favor.
En mi mente no hubo ni un arrepentimiento, ni siquiera un solo pensamiento.
Disfruté de comer galletas nuevamente, de la misma manera que las gozaba en mi niñez.
***
Estrella fugaz: Hoy a las 7:30 en la banca. No hay excusas y no acepto un "no" por respuesta.
Yo: No.
Estrella fugaz: Dije que no acepto eso por respuesta.
Yo: Lo sé, me gusta llevarte la contraria.
Estrella fugaz: Entonces no te quiero ver a las 7:30 en la banca. No vengas, por favor.
Yo: Qué inteligente.
Le tomé captura a los mensajes y lo envié al chat abierto, seguido de otro mensaje:
Yo: Anny. ¡AYÚDAME!. ¿Se supone que vaya y siga coqueteando con él? No sé cómo hablar con los hombres. Además, ¿qué usaré?¿Qué haré?¿Qué diré? Ayudaaa.
Estrella fugaz: Tranquila, a él le encanta platicar contigo. Puede que haya uno que otro beso, pero eso solo lo sabrás si vas.
Lo leí mientras sonreía por las tonterías de Anny. Después volví a ver el destinatario.
En el momento en el que me percaté que se lo había enviado a él y no a mi amiga, tiré mi teléfono al otro lado de la cama.
Mi corazón se retorció. Me di vuelta para ocultar mi cara en la almohada y grité de la vergüenza.
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Editado: 07.07.2026