Cuando nace una estrella.

Capítulo 8. El primer secreto de muchos.

Via.

—Tengo una idea. Puede que no sea la mejor, pero sigue siendo una gran idea, a mi parecer.

—¿Así? —lo cuestioné.

Sus grandes planes resultaban ser ir a correr, hacer ejercicio, sudar y terminar comiendo sus combinaciones raras. Curiosamente, a Damián todas y cada de estas ideas siempre le parecían increíbles.

—¿Qué tal? —sonrió amablemente, pero con cierta maldad—. ¿Qué tal si me acompañas a entrenar?

—¿Qué tal si no?

—En teoría no sería estar con personas alrededor. Sólo tú y yo, puede que algunos luchadores más. Pero, al final, solo tú y yo.

—Déjame pensarlo —fingí considerarlo, sabiendo perfectamente mi respuesta y estando al tanto que, aun así, me convencería—. No

—Ándale.

—No.

—Recordé que eres contreras de todo lo que digo. ¿Qué tal si no me acompañas?

Su manera de convencerme se volvía cada vez más predecible y, por obvias razones, accedería.

—Está bien, pero no en la arena.

—No en la arena, pero sí en el gimnasio.

—En teoría sigue siendo la Arena.

—Asumo que sí

—Se lo prometí a mi abuela.

Esa era de las pocas promesas que seguía cumpliendo.

—¿Y si guardamos el secreto?

Una única vez no le haría daño a mi Dani. Además, también le prometí conocer y explorar. Para eso tenía que visitar todos los lugares posibles.

Un secreto.

Nuestro primer secreto.

—Acepto —levanté mi dedo meñique.

Él hace lo mismo y sellamos nuestra promesa.

Caminando hacia la puerta del estacionamiento, de vez en cuando nuestras manos rozaban por accidente. Al verlo sonreír, me animé a entrelazar mi mano con la suya.

Solo como símbolo de apoyo emocional.

Su mano, áspera y cálida, en el primer contacto me hizo arrepentirme. Con cada paso que dábamos, acercándonos al recinto, la comodidad se integró a lo que sea que éramos.

Amigos, conocidos o algo más.

Entramos al gimnasio de la Arena y el ambiente de humedad, provocado por las personas sudadas, no era mi favorito, pero de alguna manera se sentía familiar.

—¿Por qué tú traes puesta la máscara y ellos no? —pregunté al analizar a todos los luchadores.

—Porque es feo y no quiere que te des cuenta —me respondió su hermano.

—Meteoro, no seas grosero —lo regañé.

Asumí que era correcto llamarlo por su nombre de luchador y no por el real.

—Yo no estoy haciendo nada —se defendió Damián. Enarqué las cejas entrecerrando mis ojos. Iba a hablar, pero él se corrigió de inmediato —Perdón, Meteoro —señaló a su hermano—, entendí Estrella Fugaz, mi error.

Raro.

No respondí con palabras, porque no comprendí lo que acababa de pasar. Esteban no llevaba máscara puesta, por lo que podía ver su cara. Era un poco guapo; seguramente, el rompecorazones del lugar.

—No me mires mucho, porque soy el más lindo y te puedo gustar —vaciló, evidentemente para seguir peleando con Damián.

—Cállate —me soltó la mano para empujarlo levemente.

Meteoro rio, empeorando la situación. Luego correspondió a la pelea sumándole unas tantas manotas y los terminé separando.

—Ya, cálmense. Dejen de pelear —les ordenó una mujer desde el otro lado del lugar.

Se acercó a nosotros, pegándoles un leve golpe a cada uno.

—Soy Fer —se presentó con amabilidad—. La mánager de este par de tarados.

Sonrió mientras me saludaba.

A ellos los mandó a entrenar arriba del ring y a mí me indicaba en qué parte del lugar me podía sentar. Me acompañó al banco de al lado y nos concentramos en ese par.

—Es mi trabajo investigar quién eres —bajó su tono de voz, lo que hizo que pareciera un interrogatorio—. No por celosa; solo no quiero que les hagan daño.

—Comprendo. Soy amiga de Damián y tampoco quiero que alguien lo dañe.

Hice una mueca al decir la palabra "amiga" y entrelacé mis manos al sentirlas temblar. No era mi costumbre hablar con todas las personas, solo con aquellas que me daban la suficiente confianza.

—¿Amiga? La próxima vez que te autodenomines "amiga", trata de no parecer que acabas de chupar un limón.

Rodé los ojos porque odiaba esa palabra.

—Creo que sí soy su amiga.

—Ambas sabemos que no, pero, fingiendo que solo es una amistad —hizo comillas con sus dedos—. ¿Cómo sé que eres digna de serlo?.

Su última pregunta me tomó por sorpresa.

¿Cómo sabías si eres eso para alguien?

—No sé si lo soy.

Uno de los luchadores llegó con nosotras, se presentó y se sentó en el suelo para quedarse a platicar.

—¿Cómo sé si soy merecedora de su amistad? —le pregunté a Línea roja, o algo así era su nombre.

—A veces tenemos ideas tontas, como que nos tenemos que relacionar solo entre luchadores, pero eso es una tontería.

Talavera, otro luchador, se aproximó al lado de Línea roja, al escuchar los murmullos.

—Mis padres eran ambos luchadores —añadió Talavera a la idea de Línea roja—, pero mi esposa no lo es y no ha cambiado nada.

Asentí mientras Fer se encogió de hombros.

—¿De qué hablan? —preguntó Astro, sentándose en el banco a mi lado.

—No está segura de si quiere salir con un luchador —contestó Máscara Negra, otro luchador parado en la máquina cerca de nosotros. Todos los miramos al mismo tiempo—. ¿Qué? No me juzguen por meterme; ustedes están hablando como bocina y se escucha hasta acá.

—A ver, no eres luchadora. Pero, al menos, ¿conoces de luchas? —cuestionó Fer.

—No lo soy, pero mis papás lo eran.

Ahora todos me miraban a mí al mismo tiempo. Busqué alrededor para encontrar un lugar donde esconderme, pero fallé en el intento.

—¿Quiénes son?

—Eran —la corregí—. Ya no están vivos.

—Lo siento —expresaron todos al unísono.

Las ganas de huir desaparecieron. Aunque temía que la lastima se adueñara de la conversación.

—Sus nombres eran Vega y Altair.

—¿Eres hija de Destino y Alma? —nos volvió a interrumpir Máscara Negra, usando los nombres de los personajes de mis padres.




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