Via
Extrañaba mi casa, a mis abuelos, a la florería y el vivero de mi abuela, y al estudio de arte.
Extrañaba estar ahí, aunque, de un tiempo para acá, ya no era mi casa.
Mi Nani, como nos llamábamos mutuamente mi abuelo y yo, era lo que más me dolía; dejarlo solo era una traición a nuestra promesa de siempre juntos.
—Nani —respondí la llamada de mi abuelo.
Apreté los ojos para no llorar al escuchar su voz.
—¿Cómo estás, mi Nani? —preguntó con esa curiosidad que lo caracterizaba. El nudo en la garganta me impidió hablar de inmediato—. ¿Qué pasa, mi niña?
Me quebré por completo al escucharlo decir mi niña. Era un gran peso serlo, pero, sobre todo, un gran privilegio y un orgullo.
Ser la causa por la cual tu madre muere es una gran culpa para cargar. Más cuando fue sin conocerla.
Ni un recuerdo, pues era ella o yo.
Ella lo dejó claro en la poca lucidez que le quedaba cuando estaba en el parto: "mi hija, primero mi hija".
—Nani —volvió a hablar—. ¿Qué pasa?.
—No sé qué estoy haciendo —me sinceré, dejando de ocultar las lágrimas—. Tengo miedo, Nani. Tengo miedo.
—Es normal tenerlo.
—Tengo miedo de fallarles más a ustedes y al mundo.
—No hay camino correcto ni incorrecto para lograr lo que quieres. Ninguno de nosotros fuimos tan valientes como tú. Lo estas haciendo bien porque eres tú, porque no te rindes...
Mi nariz se congestionó por las lágrimas que contenía, pero en mi voz era muy evidente que ya no lo podía controlar.
—No le cumplí la promesa a mi Dani —confesé
—¿Cual, mi reina?¿Cuál?
Escucharlo hablar tan tranquilo me remontaba a cada suceso a su lado. Él siempre permanecía sereno y nunca entendí cómo hacerlo.
—Entré a la Arena.
Hizo un sonido con su boca que no pude entender, el mismo que hacía cuando me metía en problemas y el regaño se aproximaba.
—Bueno. ¿Y valió la pena hacerlo? Porque cuando rompemos promesas es porque la persona es demasiado especial para hacerlo.
—Fue increíble. Lo mejor de estos días. Fue una escapada del miedo y de la oscuridad.
—Entonces dejémoslo como una aventura que no le contaremos a nuestra Dani.
—¿Un secreto?
—Un secreto entre Nani y Nani.
Esa era su magia: estar en paz cuando el mar se volvía loco. Cuando la ola te revolcaba, él dejaba que lo hiciera, pues siempre decía que nunca sabes si la misma ola te llevará a una mejor isla.
—Eres el mejor abuelo papá del mundo.
—Lo sé, soy el mejor
Me sacó una sonrisa, como solo él lo sabe hacer.
—Tengo que volver al set. Te llamo luego. Te amo, Danielito.
—Te amo, Nani. Ve y demuéstrales quién es la mejor actriz del mundo.
Casi colgaba la llamada cuando alcancé a escucharlo:
—Recuerda que, a veces, romper las reglas nos llevan a descubrir la mejor parte de nuestra historia.
***
—¿Quién huele a canela? —preguntó Andrés, enfadado.
Todo el equipo se olió, tratando de descubrir quién o qué era.
Me advirtieron que no usara olores fuertes, cosa que claramente ignoré.
—Yo —respondí tímidamente, mientras alzaba la mano.
—Via, ¿tú hueles a canela?.
—Sí. Amo el sabor y el olor —expresé con culpa—. Si quieres, me voy y trato de resolverlo. Busco un perfume que no te moleste.
—Oh, no hay problema —me interrumpió, tomándome de las manos —Solo es cuestión de que me acostumbre y listo.
Cierta amabilidad de su parte resultaba ser extraña. Hacía excepciones conmigo, que, según él, era su forma de demostrar su cariño.
—No te gusta la canela, ¿cierto?
—La detesto. Pero por ti haré que me encante.
Tomé un bonche de aire, ocultando mis ganas de reír. La canela me recordaba a Damián, más porque él me había regalado el aceite con ese olor y me ayudaba a devolver mi mente al presente.
Nos dirigimos al set juntos.
—En mis 27 años de mi vida siempre he odiado la canela, para que llegarás tú a cambiarlo en menos de una hora.
Fingí no entender lo que susurró, por el bien de nuestro tiempo juntos.
—Espero que estén listos para esta escena —recalcó burlonamente el director, al haber escuchado el asunto de los olores—. Porque les toca un beso y espero que sea apasionado.
—De verdad, puedo intentar cambiar mi olor —sentí la culpa de arruinar las escenas solo por el simple hecho del olor.
—Podré soportarlo.
—No lo entiendes, Andrés. Mi cuerpo huele a canela.
—¿Y tus labios a qué sabrán? —soltó de pronto sin razón—. No lo sé pero lo describiré muy pronto.
Me guiñó el ojo, confundiéndome.
El director nos acomodó en nuestras posiciones y nos dio las órdenes.
—Todo listo. A sus posiciones... Acción
Me apresuré a colocarme a su lado. Andrés pasó un brazo por mi hombro, mientras que lentamente coloqué mi mano sobre su cintura, dando pequeños apretones.
Continuábamos en personaje y yo no dejaba de pensar en el olor a canela.
A los segundos sentí sus brazos rodeándome la cintura y jalándome hacia él. Recargué la barbilla en su pecho, mirándolo desde mi altura.
¿Por qué me gustaba Andrés antes?
Bajó su boca en busca de la mía y sentí la proximidad de su cuerpo. Mis labios tocaban levemente los suyos mientras su rostro hacía suaves caricias sobre el mío.
Era fresca la textura de sus labios, el olor y su sabor.
—Corte —ordenó Pablo—. Descansen y en unos momentos seguimos.
Deshice mi agarre, pero no me permitió separarme de él. Volvió a sujetarme de la cintura para atraerme otra vez
—Me quedé con la duda de a qué sabían —mencionó sin perder de vista mis labios.
Su respiración cambió y la mía se aceleró.
—No te perdiste de mucho. Es solo menta y canela.
—Me dejarás con la duda —fijó su mirada en mis ojos. Relamí mis labios y él prosiguió—. Porque no solo tengo la duda del sabor de tus labios.
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Editado: 07.07.2026