Via.
Había descubierto una nueva fascinación en la vida: verlo practicar.
Lo hacía ver tan fácil que mi ego afirmaba que lo podía hacer mucho mejor que él. Parecía un superhéroe volando de cuerda a cuerda, dando giros y mortales de miles modos.
Las sesiones privadas de ejercicio a su lado eran cómodas y divertidas, hasta que llegaba el momento de verlo agitado y sudado. Era una dopamina que me daba vergüenza admitir.
Dejaba de prestar atención al exterior justo cuando se quitaba la camisa.
Mis ojos no lo perdían de vista. Las gotas de sudor caían por su abdomen y el cosquilleo en mi vientre se intensificaba. Me aventó su camisa sudada y fingí que me daba asco tenerla.
—Es tu turno —mencionó, estirando su mano para ayudarme a subir al ring.
Lo pensé muy poco. No todos tenían el privilegio ni el derecho de estar arriba. Lo menos que deseaba era ser irrespetuosa, pero, arriesgándome a lo que podía pasar, me animé y, con ayuda de su mano, subí.
El latido de mi corazón retumbaba en mi pecho. Los dos solos en el lugar, con pocas luces prendidas, él sin camisa y yo ovulando era la combinación que no resultaba en cosas apropiadas.
—Te enseñaré unas llaves.
Asentí, nerviosa.
¿Qué me podía poner hacer? Nada que yo no quisiera.
Me tomó del brazo, jalándome, y me recargué en las cuerdas para poder impulsarme. La flexibilidad de las tiras me sacó volando hasta el otro lado del cuadrilátero.
La risa burlona de Damián me causaba aún más risa.
Estaba corriendo de lado a lado por la velocidad que llevaba. Temía que, si me paraba, terminaría tirada en la lona.
—Detenme —le exigí sin dejar de correr.
Damián volvió a carcajearse, dándome instrucciones en vano.
Se plantó firmemente al frente de mí y, sujetándome de la cintura, me estabilizó. Mi respiración se agitó con el toque de su mano y, al apretar su agarre, relamí mis labios.
¿Cómo era posible que se me antojara todo de él si ni siquiera podía ver su rostro?
—Ven, súbete —me ordenó.
—¿Cómo me voy a subir allí?
Mi equilibrio era lo suficientemente malo como para estar en la tercera cuerda.
Con sus manos en mi cadera, me levantó para sentarme en el poste.
—Agárrate de las cuerdas.
Le hice caso a sus indicaciones, confiando en sus ideas. Puso su rostro a la altura de entre mis piernas. Mordí mis labios, reprimiendo todo en mi interior. No todo lo tenía que mal pensar.
—Que sepas que nadie me da órdenes —le advertí al sentir como sostenía mis muslos para pasar mis piernas a sus hombros.
Él sonrió con maldad, arrancándome un suspiro.
—Entendido, no te daré órdenes a menos que tú quieras. Ahora, suéltate.
Enarqué las cejas y me aferré a las cuerdas. Acababa de afirmar que no me ordenaría y era exactamente lo que estaba haciendo.
—Estás loco. No lo voy hacer.
—Tienes suficiente fuerza en las piernas. Suéltate.
—No va a pasar.
—Suéltate.
—Que no.
—No pasará nada.
Damián permanecía seguro de sí mismo y yo al igual confiaba en él, mas no me fiaba de mí.
—Me voy a caer
—No lo harás.
No hubo manera de que me convenciera de hacer la voltereta ni el truco que tenía en mente.
—No es como que esté incómodo aquí. Puedes tardarte lo que quieras —enunció con picardía al seguir entre mis piernas.
—Bájame. Es una orden —demandé con una mezcla de seriedad y diversión.
—Para que sepas, la única que me da órdenes eres tú.
Reí y negué con la cabeza, sin creerle por completo. Me ayudó a bajar, no sin antes alzarme un poco. Con lentitud pasó su rostro desde mi abdomen hasta mi pecho.
Cuando mis pies tocaron el piso, incliné la cabeza para seguirlo viendo. Aterricé al presente al percibir su perfume combinado con los rastros de olor a canela.
Mi corazón estaba apunto de salir de mi cuerpo. Sus manos se entrelazaron en mi cintura, eliminando el poco espacio que quedaba entre nosotros.
Ladeó un poco su cabeza para acercarse y no pude evitar sonreír al sentir la tensión en mis piernas.
—Sigamos entrenando —susurré.
—Lo haremos después de un beso.
Lo detuve con mi mano en su pecho, calmando sus intenciones.
—Aún no te lo ganas. Si no terminamos de entrenar —lo aparté para ir al centro del ring—, no hay beso.
—Habérmelo dicho antes.
A zancadas llegó hasta donde estaba. Con delicadeza me derribó, sin dejarme caer por completo. Me acostó boca abajo, sentándose en mi espalda para inmovilizarme.
—Es trampa. Estaba desprevenida —me quejé.
Él sólo rió, sujetándome de los brazos y tirando de mi cuerpo.
Mi pecho se despegó del suelo. No estaba jalando para dañarme.
—No es trampa, preciosa. Dijiste que querías entrenar y eso hacemos. Sin distinciones ni diferencias.
Soltó mis brazos sin quitarse de encima de mí.
—Lo estás disfrutando, ¿verdad?
Sus manos recorrieron mi espalda, provocándome un escalofrío.
—Como no tienes una idea.
Resopló, haciendo que mis piernas temblaran.
Cuando sentí que su peso ya no estaba sobre mí, utilicé mi cuerpo para lanzarme sobre él. Su espalda tocó la lona y aproveché el microsegundo de ventaja para sentarme sobre su abdomen.
—Eso también fue una trampa —declaró, sorprendido.
Capturé sus muñecas contra la lona, a la altura de su cabeza. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Nuevamente, el pulso en mi vientre bajo me desconcentró del entrenamiento.
Damián dobló sus rodillas y sentí su roce en mi espalda baja. Entrecerré los ojos, sin saber qué esperar, pero no se movió de inmediato.
Me reacomodé arriba de él, esta vez un poco más abajo, hasta que mis glúteos chocaron con algo que antes no estaba allí.
—¿Y qué harás conmigo? Ya que me tienes a mí y a él —indicó muy apenas con su dedo en dirección a sus pantalones—. Solo para ti. Tú eliges.
#4683 en Novela romántica
#285 en Joven Adulto
romance acción drama reflexión amistad, comedia humor enredos aventuras romance, luchalibre
Editado: 07.07.2026