Cuando nace una estrella.

Capítulo 11. La semana de mis tormentos.

Damián

Más allá de extrañar algo, extrañaría a alguien.

Lunes

—¿En serio estás tachando los días en el calendario?

Sí, para saber cuántos días me quedaban lejos de ella.

—No —mentí, ocultando mi celular tras mi espalda—. Estaba revisando qué se celebraba el día de hoy.

—Ajá.

—Estoy diciendo la verdad.

—¿Estás desesperado por volverla a ver?

—No, Esteban. No.

Claro que sí.

Una semana fuera de lo que se había convertido en mi rutina pesaba. ¿A quién engañaba? No eran las incomodidades de no estar en casa ni de no seguir mis tareas diarias. Eran los obstáculos que me impedían seguir con el proceso de conocerla.

—Entonces, ¿por qué tanto interés en el calendario?

—Es bueno saber en qué día estamos; es para mantenernos al día.

Continúe ocultando la realidad lo más que pude mientras Esteban me juzgaba con las cejas alzadas. Desbloqueé la pantalla de mi celular y, en efecto, puse una x sobre el día en el calendario.

Lunes, un día menos para volver a casa.

***

Martes.

Abrí la foto en el chat.

Su sonrisa era genuina, de esas que iluminaban los ojos y te causaban un estremecimiento en todo el cuerpo.

—¿Ya viste que a tu mujer la persiguieron sus nuevos fans?

Ahora no solo lidiaba con los chistes malos de Esteban, también con su fanatismo hacia la carrera de la mujer que me gustaba, porque me informaba de cada cosa que hacía y de lo que todo el mundo decía.

Me acosté boca abajo, hundiendo mi cara en la almohada. Acabábamos de luchar, y solo quería descansar.

—Es mucho pedir que te calles, Esteban —respingué, aún con la cara escondida—. Y sí, ya vi que la aman.

No era correcto de mi parte ponerme celoso por las nuevas personas que comenzaban a idealizarla, menos cuando ella merecía que la amaran de esa manera.

—¿No te da celos que se tomen fotos con ella? En especial los hombres.

No me daban solo celos; me hervía la sangre.

Levanté un poco mi torso, sosteniéndome en mis antebrazos.

—¿No te da vergüenza ser tan mete cizaña? —ataqué de vuelta.

—Solo decía.

—"Solo decía"—lo arremedé haciendo voz fea.

—Ya, es broma —se sentó a mi lado, dándome unas palmadas en la espalda—. Solo que ya está empezando a tener más alcance y tú debes de estar preparado para lo que se viene.

—¿De qué hablas, wey?

—De que ambos son figuras públicas y, quieran o no, su relación pronto lo será también.

Odiaba darle la razón a mi hermano.

—Enfrentaremos lo que se aproxime.

—Lo que en verdad quiero decir es que... —rodó los ojos, creando un silencio, como si le costara terminar la oración—. Ella se volvió importante en la familia. No quiero que, por malentendidos, te conviertas en un obstáculo para sus sueños.

—¿Desde cuando te importa Vía?.

—La aprecio y quiero que sea feliz.

—¿Aunque sea conmigo?

—Más si es contigo, Damián.

***

Miércoles

—Odio tu etapa de enamorado.

—Odio tu etapa en la que no me apoyas cuando estoy enamorado.

—Damián, no te callas. Hablas y hablas de ella tanto que hasta siento que me empezó a gustar a mí también.

—Fernanda —repliqué—, no te puede gustar mi futura novia.

—Entonces cállate —mencionaron Fer y Esteban al mismo tiempo.

***

Jueves

Paseamos por las calles, aprovechando que serían nuestras últimas horas en la playa. El calor, combinado con la humedad de la zona, te hacía sentir pegajoso, y no de una buena forma.

Fer iba concentrada en su celular, programando la salida a la siguiente ciudad. Mi mente estaba llena de las críticas de las luchas pasadas; sin embargo, aprovechaba el silencio, todo gracias a que Esteban se había quedado dormido.

Al cruzar la calle divisé el puesto de artesanías de una mujer mayor.

—¿Por qué son tan pequeñas estas muñequitas? —le pregunté al verlas en la vitrina al entrar al local.

Eran tan diminutas que temía que se me cayeran al tomarla con mis dedos.

—Son quitapenas —me explicó la señora de cabello blanco.

—¿Quitapenas?

—Vienen del sur de México y de Guatemala. Se les dice así porque las personas las ponen debajo de la almohada y le cuentan sus preocupaciones. Ya sabe, todo eso que les duele. —La señora me extendió una muñequita con un vestido rojo—. Uno se las regala a la gente que ama. La quitapena se lleva el dolor y los problemas.

No hubo necesidad de analizar más; me llevé una. Tal vez así todo ese dolor que cargaba sí desaparecía y ella podía vivir en paz.

—Tome, joven —colocó en la palma de mi mano una de color azul; luego cerró mi puño—. Yo le obsequió esta para que eso que duele pueda sanar y para que ella obtenga ese amor que la vida le ha robado.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

—Muchas gracias —respondí con un nudo en la garganta—. ¿Cómo se llama usted?

—Altair.

Asentí y me retiré con la calma que aquella señora de cabello blanco me transmitió.

***

Viernes.

Último día, y volvería a mi rutina.

—¿Ya lo hablaste con Esteban? —el tono de Fer se tornó serio.

—No.

No podía simplemente ir a decirle a mi hermano que ya no quería seguir utilizando este personaje y que, de la nada, ahora me convertiría en un rudo.

—¿Y cuándo lo harás?

—Cuando vuelva del viaje, Fernanda —subí ligeramente la voz, sonando prepotente.

Fer bajo la cabeza, decepcionada.

—Ya los van a anunciar. Ve.

—Perdón. Es que son muchas cosas pasando y no sé si estoy preparado.




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