Cuando nace una estrella.

Capítulo 12. Aquí y ahora.

Via.

—Es tiempo de hacerlo —Damián hizo una pausa y sentí un hueco en el estómago—. De que pasemos a otro nivel de confianza.

—¿Aquí y ahora?

Me acababa de invitar a su departamento; era rápido, en mi opinión.

—Sí.

La seguridad era su mejor amiga, mientras que era mi peor enemiga. No podía desvestirme así, sin más. No podía dejar que me viera y pretender que estaba cómoda con ello, ni ignorar el cómo se veía mi cuerpo: mis imperfecciones, cada lunar, cicatriz y estría.

Tomó mi mano sin darme tiempo siquiera de seguir peleando mentalmente. La calidez de su piel redujo el temblor de mi cuerpo.

—No vamos a tener —susurré lo más bajo posible—, ya sabes, eso. Si tú y yo estamos haciendo eso, puede llegar tu hermano...

—¿Eso?

—Sí, eso.

Frunció el ceño, arrugando la nariz.

Estaba segura de que hablaba español. ¿Por qué no me entendía?

—No estoy preparada aún, y no es porque no quiera —comencé a explicar, pues el silencio se apoderó del momento—. Claro que quiero. Y más si eres tú. —Solté su mano y caminé unos cuantos pasos alrededor del lugar—. Es decir, si quiero, solo que no hoy. No, sí hoy, pero me hubiera gustado que me avisaras. No, me refiero a que sí quiero, eso no es duda, ¿y si llega tu hermano y todo se arruina otra vez?

Aunque traté de explicarle, los nervios me traicionaron. Una sudoración fría me recorría la espalda y los segundos sin hablar se acumularon en mi mente.

—No estamos hablando de que me veas sin máscara, ¿cierto? —me detuvo sujetándome de los costados.

—Ah —mencioné, un tanto aliviada y más decepcionada que nada—. Sí, sí. Por supuesto que estaba hablando de eso.

Evidentemente, no hablaba de la máscara.

—¿Pensabas que tú...? —Dio un paso adelante y alzó mi rostro con ayuda de sus dedos en mi barbilla. Sus labios se acercaron a mi oído y continuó—: ¿y yo tendríamos sexo?.

Me puse de puntillas para estar a su altura, sin poder dejar de verlo de reojo.

—Mmm, sí.

—Será el siguiente paso después de este. ¿Te parece?

Se alejó, dejándome en un suspiro al guiñarme el ojo.

—La máscara —pasé saliva, tratando de quitar el nudo en la garganta—. Bien, concentrémonos en ello. Solo la máscara —lo repetía en voz alta para mí misma.

Frente a frente lo vi desatar el lazo de la parte trasera. Era raro confesar que me gustaba alguien sin siquiera haberle visto la cara, supongo que siempre había excepciones a la regla.

Las idealizaciones existían en mi mente acerca de cómo sería en realidad, si era guapo o feo. Solo por curiosidad, porque, en realidad, no me importaba como lucia.

Sus manos temblaban. Reconocía ese miedo. Ese de no ser lo que todos esperaban. Solo que yo no esperaba nada de él, porque hace poco ni siquiera sabía de su existencia.

Me acerqué para ayudarlo. Nuestros dedos se deslizaban y se encontraban hasta que la máscara quedó completamente suelta.

Mi estómago se revolvió al pensar que era tiempo de que sucediera.

Di un paso atrás, con los brazos a los costados. Lo escaneé de pies a cabeza, guardando el recuerdo de aquel misterio.

Lo primero que quedó al descubierto fue su cabello despeinado. Era castaño oscuro, tal como lo imaginé.

—Espera —cerré los ojos con fuerza y retrocedí otro paso.

No sé si se detuvo. Solo escuché como soltó su respiración contenida, como si estuviera aliviado de no hacerlo.

—Estoy nervioso —confesó con un leve titubeo.

—Si no quieres hacerlo, no te obligaré.

—Sí quiero, pero el querer no me quita la preocupación de que al final no te guste. Me angustia no ser lo que esperas.

Continué empuñando los ojos, pues en realidad no sabía a qué me enfrentaba.

—No espero que seas nada ni nadie, más que tú mismo. Nada de lo que vea cambiará el hecho de que me gustas.

Era verdad. Nada cambiaría lo que sentía por él.

Abrí un solo ojo, pero él de inmediato lo cubrió con su mano.

—No. No. No. Te vas a decepcionar.

—¿Recuerdas el beso? —pregunté con calma.

Debía darle el apoyo suficiente para que se sintiera seguro.

—¿En el ring?

Asentí y continué mi explicación con su mano tapando mis ojos.

—Tenía miedo de decepcionarte, porque no suelo besar a las personas —recapacité lo que dije y me corregí—. Eso sonó mal. Me refiero a que no tengo experiencia en eso.

Retiró su mano con lentitud, permitiéndome abrir los ojos. Aunque Damián sonreía falsamente, yo lo hacía con ilusión.

Me quedé en silencio, en shock por unos segundos.

No era exactamente como lo inventé en mi mente, porque, ciertamente, nunca tuve un rostro en específico.

Era mucho mejor.

Y lo comprobaba porque mi corazón seguía latiendo igual de rápido cada vez que lo veía.

—Sí soy feo, pero..

—No dije que lo fueras.

—Tú no, pero tu cara sí —señaló mi rostro—. Tus pupilas se hicieron más grandes. ¿Eso es por desagrado?

—No lo es. Es porque eres tú. Al fin conozco el paquete completo —hice un pausa, recordando que respirar era algo necesario—. Y me encanta.

—¿Te encanta? —cuestionó con sorpresa, acercándose para pasar sus brazos por mi cintura

Al encorvarse para abrazarme con fuerza, me dio la oportunidad de acomodar mis brazos en su cuello y, con su aroma, borró cualquier decepción que pudo haberse creado.

Con fuerza me alzó, y me soltó hasta que estuvimos en el sofá. Dando pequeños golpes en sus piernas, me invitó a sentarme, y yo, más que supuesta, lo hice.

Recargué mi cabeza en uno de sus hombros, viéndolo directamente.

No éramos Estrella Fugaz y Via.

Mucho menos el luchador y la actriz.

Sino Damián y Vianey.

Y eso sí era lo que esperaba de él.

—¿Sigues con la idea de que te gusto? ¿No ha cambiado ahora que ya me analizaste?

Negué con la cabeza mientras hacía un sonido de desaprobación con la boca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.