Damián.
No creía en los rituales para la buena suerte.
Sin embargo, sí tenía ciertas actividades que hacía antes de salir a luchar, como ponerme la bota izquierda primero y no atarme la máscara hasta el último minuto.
"No dejes que una caída defina toda tu lucha", estaba escrito en el interior de mis brazaletes. Su única función era ser mi anclaje mental y, sin excepción alguna, combinar con mis calcetines.
A diferencia de mi hermano, quien rezaba y hacía mil y un rituales, yo solo recordaba el significado de esas palabras y de las iniciales que las acompañaban.
Esteban hacía lo suficiente por ambos.
Di un pequeño vistazo al vestidor. Ya era nuestro turno. Usualmente no acostumbraba a usar mi teléfono, pero llevaba horas sin hablar con Via. Revisé y, en efecto, tenía mensajes.
Via: Tengo un presentimiento. No luches hoy, por favor.
Recaí en lo simple que podía llegar a ser unas palabras. Sin embargo, cada letra se convirtió en mi ancla. Mis pies pesaron, aumentando mi miedo a salir. Era el mismo hueco en el estómago que sentía cuando mamá me contaba de su preocupación al vernos arriba del ring.
Bien decían que podías subir con vida, pero nunca sabrías si bajarías para poder vivirla.
¿Cómo no luchar?
Vi el teléfono y luego a mi hermano.
De nuevo el mensaje y, después, a Esteban.
Considerar no luchar nunca fue mi opción, aun cuando las letras se volvieron borrosas y la temblorina aumentó. No podía fallarle hoy. Era nuestra última lucha estando del lado de los técnicos. O, al menos, la mía.
Si él decidía que no se cambiaría conmigo para ser rudos, el Equipo Maravilla se esfumaría.
La vida era demasiado ruda como para seguir siendo técnicos.
Suspiré y besé la foto de Via que tenía de fondo de pantalla.
El sonido de los gritos de las personas al escuchar nuestros nombres se quedaría guardado en mí como la confirmación de que todo tenía una recompensa.
Porque no podías sembrar solo sacrificios sin cultivar galardones.
Después de ciertos movimientos, unas torsiones de brazos y unas tantas caídas, aquí era donde debía estar.
Seguí la indicación de Esteban de hacer un movimiento peligroso. Nos entendíamos con una simple señal, casi leyéndonos la mente.
Tomé el riesgo, para honrar la última caída como técnico y decirle adiós a esta parte del personaje.
Mi hermano se acercó por la espalda de nuestro contrincante mientras yo iba de frente hacía él. Me dio la oportunidad, así que pasé un brazo entre las piernas del rival y el otro alrededor de su torso, cargándolo sobre mi lomo.
No logré realizar el giro para voltearlo. Su peso recayó en mi hombro y sentí un tirón. Me reincorporé dando un paso hacia atrás. Intenté enfocar la vista, pero otra vez todo a mi alrededor se volvió difuso.
Cuando mi hermano se encontró en problemas con el rival, las palabras de Via se clavaron en mi mente y me paralicé. Los gritos del público, por primera vez, me aturdieron.
No pude limpiar el sudor que se acumulaba en mis ojos por culpa de la máscara. La euforia se intensificó. Lo que usualmente me mantenía en el presente dejó de funcionar.
Con mi mano sujeté mi muñeca, donde estaba la frase de mi brazalete.
Nada lograba tranquilizar la aceleración de mi corazón. En cambio, continué retrocediendo hasta chocar de espaldas con alguien. Escuché la voz de Esteban cada vez más lejana, pues un chillido en mis oídos me desorientó.
Todo pasó muy rápido. Las luces se volvieron de mil colores. Las personas gritaban maldiciones y aventaban lo que tenían en sus manos. Las lágrimas quemaban deslizándose bajo mi máscara.
Esteban gritaba y yo seguía sin verlo.
Recorrí el lugar con la mirada, luchando con lo que lucía como una neblina oscura.
¿Dónde estaba?
¿Dónde estaba Esteban?
Lo llamé con desesperación, sin obtener respuesta alguna.
¿O era yo quien no hablaba?
No sabía qué estaba pasando.
Las lágrimas empapaban el interior de mi máscara, cortándome la respiración.
¿Qué hacía?
¿Cómo era posible?
Las puertas de la ambulancia se abrieron y todo se volvió negro en un instante.
Me perdí.
Lo perdí.
***
Via.
Intenté llegar hasta él, pero las personas me estorbaban. Las esquivaba, llevándome varios golpes. Las imágenes de cómo lo subían a una camilla se reproducían en mi mente. Parecía estar inconsciente.
Yo le advertí que no lo hiciera.
Empujé con desesperación a la gente, así como lo hacían conmigo. La aglomeración en el estacionamiento me alejaba de la ambulancia.
Necesitaba saber que estaba bien y que solo era un susto. No me iría hasta corroborar que Estrella Fugaz seguía respirando.
¿Y si no lo hacía?
¿Y si no seguía con vida?
Me regañé una y otra vez por siquiera pensarlo.
Él estaría bien.
Él estaba bien, me repetí internamente.
—No puede pasar —me detuvo con fuerza uno de los guardias
Me desconoció como si no pasara todas las tardes en la arena con los luchadores.
—Señor, déjeme pasar.
Le imploré por única vez, pues a la siguiente no seguiría siendo amable.
—Es mejor que no, señorita Via.
Algo en su mirada me prevenía. No era la mejor idea.
—Déjame pasar —lo empujé sin medir mi fuerza.
El titubeo en mis labios, mezclado con el aire que secaba mis ojos, me generaban ganas de llorar
—No lo puedo hacer. Es por su bien —me sostuvo con firmeza, estrujando mis brazos.
—Por favor —supliqué con un par de lágrimas que se me escaparon—. Por favor.
Negó con su cabeza y apreté sus brazos, clavando mis uñas a través de su camisa.
La impotencia no me dejó pensar con claridad. Suspiré y retrocedí un paso, alejándome de él. Pasé las manos entre mi cabello y limpié con mi palma los rastros de lágrimas.
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Editado: 10.07.2026