Cuando nace una estrella.

Capítulo 14. Me mintió.

Via

Estaba irritada.

La ropa estaba pegada a mi cuerpo, asfixiándome. Los tacones me destrozaban los pies y la sensación de tener los dedos juntos, sin poder despegarlos, me estaba matando.

—No, Andrés.

—¿Cuál es tu nombre completo? Dime, por favor —Hizo una súplica con un puchero.

Y aquí íbamos, otra vez.

Lo más infantil del día era él.

—Ya te lo dije, es Via.

—Pero ese no es tu nombre completo.

—¿Para qué quieres saberlo, Andrés? —me exalté —. No me gusta mi nombre, Via está perfecto.

—Por favor

—No

—Una pista

—No

—Una letra.

—No

—Una sílaba, una canción, una idea. Algo, por favor.

—V.S.E.

—¿A quién diablos estás invocando?¿Qué es eso?

Su alegre actitud chocaba con mi mal humor.

—Mis iniciales. V.S.E

—¿Vía es real?

Encogí mis hombros y salí del estudio.

Un segundo más a su lado y juraba que lo terminaría ahorcando.

—Descubriré tu nombre, así sea lo último que haga. ¿Me escuchaste Via? —Me señaló con su dedo antes de huir del lugar por completo.

Me gustaba que me llamaran Vía, porque era la nueva versión que todos conocían. Con la que me sentía cómoda.

Mi mente había decidido separarme del pasado así; Vianey fue la chica que sobrevivió a todos los desafíos que lograron crear a Via.

Las pocas personas a las que les decía mi nombre completo lo sabían por error o porque se habían ganado mi confianza.

—Via, ¿podemos hablar?

Me quedé con la mano estirada en la puerta del camerino, indecisa si quería lidiar con eso.

—No es el momento, Paola.

Después de miles de indirectas en sus redes sociales, tener que soportar en persona a la novia de Andrés era un dolor de cabeza.

Di media vuelta para verla de frente.

—Es rápido.

Rodé los ojos y me acerqué hacia ella.

—Andrés y yo terminamos —expresó, ocultando sus ganas de llorar.

—Lo siento.

Apenas terminé de decirlo cuando Pao ya estaba abrazándome. Con un poco de disgusto le correspondí el abrazo. Era muy buena para hablar mal de mí y, de la nada, ya quería ser mi amiga.

El abrazo duró más de lo que me gustaría admitir. Busqué por todos lados para que alguien me salvara de este tormento. Sin tener ayuda alguna, terminamos entrando a mi camerino.

Anny estaba acostada cómodamente en el sofá. Abrí los ojos, indignada, pero ella solo movió su cabeza sin entender.

—¿Por qué no me ayudaste? —susurré entre dientes, pellizcándola.

Me senté a su lado y Pao tomó la silla.

—Es que yo lo amo mucho —chilló Pao.

Anny me hizo señas, confundida.

Aun con el dolor que se intensificaba en mi cabeza y con mi cuello pesando, tuvimos que soportar a Paola contándonos la historia de amor más aburrida y cliché de la vida.

Rasqué la parte trasera de mi cabeza, disfrazando mis caras de incomodidad. A diferencia de Anny, que permanencia con las cejas fruncidas y una sonrisa falsa.

—Josh y yo también tenemos problemas —admitió Anny al notar el silencio.

—¿Cómo?¿Cuándo? —tomé su mano y Pao entrelazó las suyas con las nuestras.

—Cuando fuimos a los entrenamientos, me gustó Mascara Negra.

Entrecerró los ojos, llena de culpa.

—Por eso me preguntó por ti.

—¿Mascara Negra? —cuestionó Pao.

—Un luchador.

—¿Cómo te enamoras de alguien a quien no le ves la cara?

Auch, golpe bajo.

—En mi defensa, ya conocí su cara —me defendí.

Cabizbaja, me quedé en silencio.

Mordí el interior de mi mejilla, deseando gritar y salir corriendo.

—¿Qué pasó, Via? —preguntó Anny al notar mis ojos lagrimear.

—Me mintió —fue lo único que pude decir.

Ninguna indagó en los detalles. Pues mi cara ya los contaba.

—Ni siquiera un mensaje me ha enviado —mencioné haciendo un puchero.

—A mí tampoco —agregó Anny con las comisuras de los labios hacia abajo.

—Ni a mí —rompió en llanto Paola.

—Odio a los hombres. Ojalá no me gustaran tanto.

—Yo también los odio.

—Igual yo.

—Y aparte estoy en mis días —dije abrazándolas a ambas.

—Yo también.

—Ni me digan que estoy igual.

***

—¿Cuánto tiempo se quedará aquí?

—Unos días —respondió Fer.

Esteban estaba recostado en la cama del hospital. Los vendajes en su cabeza tapaban un poco los golpes. Él permanecía dormido. Yo había llegado para quedarme a cuidarlo en el turno de la noche.

—¿Intentaste hablar con Damián? —cuestionó tomando asiento.

—No.

—¿Quieres que yo te explique?

No me di vuelta para verla; solo la escuché con la vista fija en Esteban

—¿Lo de la mentira?¿El nombre?¿El mensaje?¿Qué exactamente?

—Que lo empezaste amar. No te duele solo la mentira, sino que no estás segura de si te gustara la verdad.

Me sujeté fuertemente de los barandales de la camilla, con la amargura recorriendo mi pecho.

—Puede que tengas razón y viví en una idealización.

—Yo viví la mía y terminé casada con él.

Di media vuelta y me acerqué a su lado.

—Talavera es mi esposo —su confesión me tomó por sorpresa—. Me casé con uno de los hermanos Talavera Jr.

—¿También te mintió?

—No precisamente. Pero lo que te puedo decir es que las cosas mejoran aunque parezca que no. Como una versión más adulta de ti, te confieso que a veces las personas mienten por miedo a perder a quienes aman.

Solté el aire que comprimía mi pecho.

Damián abrió la puerta de la habitación con una cobija entre sus brazos. El lugar parecía un congelador y no un hospital. Anhelé que viniera a mí y me abrazará.

Asintió con los labios en línea y tomó asiento al lado contrario, junto a Fer.

Nadie habló por segundos.

Suspiré, inclinando la cabeza, hasta que el hombro de Fer me detuvo. Miré de reojo y Damián hizo lo mismo. Estiró la cobija para cubrirnos mientras los tres cuidábamos a Esteban.




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