Via
—No lo necesito —reafirmé por quinta vez—. Puedo defenderme yo sola.
—No es pregunta, es una orden.
—Señor Pablo —me posicioné al frente, sosteniendo sus manos—. No quiero traer a alguien pegado a mí. No me gusta que me sigan.
—Vas a tener un guardaespaldas y él te cuidará —su paciencia parecía haber desaparecido, quitó sus manos y continuó caminando—. No te estoy pidiendo tu opinión, te estoy avisando.
Puse los ojos en blanco e intenté seguirle el paso. Si tan solo no me hubiera obligado a usar un vestido pegado y unos tacones del tamaño de mi cabeza, todo hubiera sido más fácil.
—Ahora, vamos a que lo conozcas. Es joven y te caerá bien.
Con cada paso dado, tenía que jalar de la tela para que no se viera más allá de mis piernas. Pues debía salir presentable en las entrevistas, eso ordenaba el señor director.
—No quiero conocerlo. No hace falta que me lo presentes, es el típico presumido, el todas mías con cara de insoportable y el que tiene más músculos que neuronas.
—En algo no te equivocas, linda. Si tengo más músculos que neuronas —escuché tras mis espaldas.
—Nunca me equivoco, musculoso descerebrado —fingí una sonrisa al enfrentarlo.
Empuñé las manos a mis costados, tensando todo el cuerpo.
¿Qué hacía él aquí?
—Damián —lo saludó el director. Estrecharon sus manos y después intentó saludarme. Me crucé de brazos y nuevamente le di la espalda—. Me encanta que se lleven tan bien, ya que estarán todo el día juntos.
—No quiero trabajar con él.
No podía hacerlo.
No podía permanecer más de dos minutos a su lado sin querer besarlo.
—Si quiero trabajar con ella.
Se acercó por detrás poniendo su barbilla en mi hombro.
Ahora sí quería, pero hace una semana ni un maldito mensaje me envió.
—Por suerte, no es decisión de ninguno —sentenció Pablo antes de dejarnos solos
Moví mi cuerpo para esquivar su contacto y él solo sonrió pasando su lengua por sus dientes.
—¿Qué haces aquí? —susurré, jalándolo de la camisa para dirigirnos al camerino de las instalaciones.
—Fer dijo que necesitabas un guardaespaldas y me ofrecí.
—Ay, que lindo de tu parte. Tan ofrecido.
Las piernas me temblaban con cada acercamiento.
—Siempre seré un ofrecido para ti, bonita. ¿Necesitas de mis servicios? —musitó en mi oído, frenándome al estar a una puerta del camerino.
Me quedé en silencio, evitando caer. Él me sujetó de las caderas girándome para estar frente a frente.
—¿Y no te dijo que también ocupaba un novio?
—Sí, pero ese lugar ya está ocupado —murmuró aproximándose a mis labios—. Adivina por quién. Cierto, por mí.
Mordí mis labios, apartándolo un poco de mi cuerpo.
—Tenemos trabajo que hacer —le ordené—. Ahora que soy tu patrona.
—No eres mi patrona.
—O sí que lo soy
—No lo eres
—Sí
—Que no
—O que sí.
Su brazo se deslizó desde mi abdomen, pasó por mi cintura y me acorraló sin dejar espacio entre nosotros.
—¿Qué decías? —sus dedos hicieron círculos en mi cadera mientras yo lo miraba por encima del armazón de mis lentes—. ¿Eres mi patrona?
Abrí la puerta cuando besó la parte trasera de mi oreja, lo jalé para entrar y cerré con llave. Caminamos unos pasos hasta que mi espalda chocó con la pared.
Se inclinó, rozando su nariz en mi oreja y con delicadeza besó la comisura de mis labios mientras su mano me presionó el muslo.
—Sí, soy tu jefa —hablé entre respiraciones cortadas—, y en horas de trabajo no puedes besarme.
—El no poder no me detendrá.
Relamí mis labios. Sabía que no era la mejor idea, pero qué más daba.
Apreté sus mejillas con mis manos para poder besarlo a mi manera. No me disgustaba que él llevara el ritmo. Estrechó su agarre en mi pierna antes de deslizar sus dedos hasta mis caderas atrayéndola hacia su parte baja.
El calor subía y bajaba lo notaba en sus mejillas rojas.
Una tensión se acumuló en mi abdomen. Las manos de Damián descendieron por mi cuerpo, separando mis piernas. No quería que se detuviera, menos cuando sus dedos se trasladaron hasta la parte interna de mi muslo.
Tensé cada músculo de mi cuerpo cuando me acarició con ellos en mi interior. Me aferré a su espalda con cada deslizamiento. Damián sonrió de lado, gustoso de seguir explorando dentro de mí.
Enterré mis uñas en sus hombros haciéndolo soltar un quejido, sin dejar de besarme. Nuestras respiraciones se combinaron e intenté tomar aire, pero él no se despegaba de mis labios.
Insertó otro dedo, haciendo círculos y movimientos en diagonal.
Lo jalé del cabello para apartarlo y así poder respirar. Mordió su labio inferior sin parar con sus dedos mágicos.
Jadeé sedienta de que siguiera, húmeda y estremecida.
—No hagas ruido, no quieres que alguien nos escuche.
Asentí, hundiendo mi cara en su cuello. Las palabras se me atropellaron, saliendo solo sonidos. Estuve a punto de correrme en su mano cuando se detuvo.
Sus mejillas seguían rosadas y su erección era bastante notoria.
Mantenía su contacto visual directo en mí, noté el deseo en sus ojos y su excitación en dejarme a la mitad.
Una sola cosa tenía que hacer y no lo hizo
—En horas de trabajo no podemos hacer esto o ¿Qué era lo me ordenaba, patrona?
Rozó una vez más su dedo en mi clítoris, haciendo temblar todo mi cuerpo.
Lo rasguñé de nuevo. Estuve a punto de suplicarle que siguiera, solo que mi maldito orgullo me lo prohibió.
Con lentitud sacó su mano, mostrándome sus dedos.
—Mi hora de salida es a las 7. Por si quiere que terminemos esto, jefa.
Antes de dejarme decir algo, lamió sus dedos, dejándome sin palabras.
Abrí la boca, sorprendida. Damián dio un beso fugaz en mis labios acompañado de ligeras nalgadas.
—A trabajar, patrona.
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Editado: 10.07.2026