Cuando nace una estrella.

Capítulo 18. Odio los contratos. Parte 1.

Damián.

Volví a ser el niño que no hablaba, porque el silencio era su mejor compañero. Allí encontraba respuestas y me refugiaba hasta que todo mejoraba.

Mi padre estaba en el asiento del chófer. Mamá se había quedado en el hospital cuidando a Esteban en lo que llegábamos. Cuando nuestros padres estaban en la ciudad era porque habíamos metido la pata y ellos creían que, al visitarnos, lo podían solucionar, cosa que nunca pasaba.

Ir en el asiento trasero, callado, era recordar al pequeño Damián; todos hablaban tan alto que nunca me prestaron atención. Cuando intentaba hacerme notar, las palabras ya no salían de mi boca, porque no importaba si lo hacía: de todos modos, nunca me escuchaban.

Jugaba con mis manos, evitando llorar. Las cosas no salieron como quería. Cuando algo salía mal, todo comenzaba a empeorar. Y la culpa siempre la tenía el pequeño Damián.

"Arregla tu cochinero", era la frase favorita de papá. La decía cuando lo decepcionaba y vaya que era un experto haciéndolo. En especial, cuando se trataba de ser parte del promedio. Si sacaba nueve en mis exámenes, debía lograr el diez porque los mediocres no lograban nada en la vida. Si no destacaba en los partidos de voleibol, debía esforzarme extra porque el fallo venía de mi interior. Si fallaba como hijo, era porque debí ser como mi hermano.

Últimamente eso no salía de mi mente.

Debí ser como mi hermano y así nada habría fallado.

Puede que mereciera que todo a mi alrededor se desmoronara. Solo así me daría cuenta de que el verdadero fracaso era ser yo.

El viaje hasta el hospital se resumió en una simple frase: haz sentir orgulloso a tu hermano y no lo arruines esta vez.

Entramos a la sala de espera. Saludé a una que otra enfermera y encontré con la mirada a Fer, quien parecía estar charlando con alguien.

—Pareciera que les dije: vayan y exhíbanse.

Escuchar las palabras de Fer fue ponerle voz a la cara larga que me dedicaba mi padre al darnos cuenta que Via era a quien regañaba.

Verla sentada me dio un vuelco en el corazón.

Tomé asiento a su lado y papá se quedó junto a Fer.

Vía agachó la cabeza, desviando su mirada como si algo le impidiera verme. Ni una palabra, un simple hola, nada. Dos días sin saber nada de ella fue una gota añadida al mar que me ahogaba.

Esperaba que mágicamente todo mejorará. No porque lo mereciera, sino porque la necesitaba.

En eso nos habíamos reducido: en nada. Unos meses se esfumaron por completo.

—Fue una simple foto —mi mala explicación fue interrumpida por Via.

Sujetando mi brazo, negó con su cabeza. La primera vez que pude ver su rostro por completo, sus ojeras eran evidentes y la frialdad de su cuerpo quemaba al contacto de la piel.

Era bueno para no preocuparme por las cosas, solo que no lo era cuando se relacionaban con ella.

Fer seguía llamándonos la atención. Las imágenes ya estaban en todo el internet. No había vuelta atrás.

—¿Les parece bien haber estado besándose en los pasillos de un estudio? ¿Estar coqueteando enfrente de sus fans, armar escenas de celos y exponerse de esa manera? —declaró con enojo—. En un lugar público. No entienden la gravedad de las cosas. No son niños como para explicarles cada detalle. Te dejé ser su guardaespaldas porque creí que resolverías las cosas, Damián.

Mi padre analizaba cada palabra dicha por Fer. Cuando entrecerró los ojos, apretando las manos a sus costados, supe que mi tiempo estaba contado.

—Fue mi error —entonó Via con voz baja.

Las miradas se dirigieron a ella, incluso la mía. Observé cómo se tensaba, haciéndose chiquita en la silla.

Fer se inclinó para quedar a la altura y bajó la voz cuando papá se lo indicó.

—Un error que les costará la carrera a ambos

Nunca había presenciado a Fer tan enfurecida y esperaba que no se repitiera.

Mordí el interior de mi mejilla para no exaltarme de la misma manera. Me limité porque estábamos en un hospital y las enfermeras nos comenzaban a odiar.

—Fue un error mío, tú no tienes nada que ver, Vía.

—Fue de los dos —se incorporó papá y luego se concentró en ella—. Tal vez usted no tiene nada que perder, pero él sí lo tenía

¿Tenía?

¿Ya no tenía nada que perder?

—Están exagerando, las personas no conocen mi rostro. No saben quién soy yo.

—Te equivocas. Esas muchachas son expertas en investigar. Si se sale de control, sabrán quién eres tú, tu familia, tu vida. Todo.

—¿Y qué tiene que sepan quién soy?

—Conocerán tu rostro.

—No me importa.

—¿No te importa, Damián? —me enfrentó papá, arrugando el entrecejo—. Si no te importa, es porque ya no le tienes respeto a esta profesión, ni a tu hermano ni a tu dinastía. Sabes lo que la máscara representa en tu vida.

—Representaba, papá, en el pasado. Tú mismo lo dijiste: ya no tengo nada que perder.

Sostuve su contacto visual, respirando con dificultad.

De reojo, chequé a Via y, por un microsegundo, nuestros ojos se encontraron. Intenté tocar su mano, pues ella no tenía que soportar a mi padre y yo necesitaba un poco de su calidez.

Me repelió como si fuéramos dos imanes que chocaron. Apreté mis puños para evadir el ardor de mis lágrimas a punto de salirse.

—El contrato de Via establece que no puede hacer una relación pública y menos incitar a que se creen rumores como estos —explicó Fer con un poco de calma.

—¿Cómo sabes eso? —cuestioné, confundido, evadiendo a mi padre.

—Simple. A tu novia la están atacando en internet por andar besándose con su guardaespaldas. Es evidentemente que su mánager me exigiría una explicación, ya que yo fui quien te recomendó.

—No quise meterlos en problemas —murmuró Via sin dejar de mover sus manos.

—Pero tiene solución —sugerí, buscando opciones para resolverlo.

—Mira, Damián. No intentes arreglarlo, que a ti ya te están buscando en redes para saber quien eres.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.