Damián
—No quiero, no quiero hablar con él —suplicaba Via.
Mamá la empujaba con cuidado, obligándola a entrar a la habitación.
—No es pregunta, Via —sentenció Fer, ayudándole a mi madre—. Los señores Fernández tienen la razón y tienes que hablar.
Después de más empujones y manotazos, Fer se quedó en la puerta para asegurarse que nadie saliera y, mamá sentó a Via del otro lado, quien la seguía a regañadientes.
Pasé la mano por mi cuello, al sentir el ambiente pesado. Esteban solo sonrió y encogió los hombros.
Mamá rodeó todo el lugar y me señaló con el dedo que me sentara en la camilla. Se acercó a la puerta y le indicó con su cabeza la salida a mi hermano. Con una rapidez que ni siquiera ellos tres sabían que tenía, huyeron.
Via se levantó de su lugar en un movimiento hasta llegar a la puerta para tratar de abrirla.
—No les vamos a abrir hasta que esta tontería se termine —advirtió Fer desde el otro lado.
Una risa de nervios ocasionó que Via casi me asesinara con la mirada. Alcé mis manos en rendición, ocultando mi sonrisa, sintiendo un cosquilleo en mi abdomen
Desde mi asiento la veía golpear la pobre puerta una y otra vez, moviendo la cerradura y poniendo toda su fuerza con la esperanza de que abriera. La pateó con rudeza y no pude evitar reír cuando ella fingió que no le había dolido tremendo golpe.
—¿Y cómo has estado? —me deshice del silencio que no ayudaba a lidiar con la loca que intentaba tirar la puerta para escapar.
Balanceándome de un lado a otro, jugué con mis manos, sin poder quedarme quieto.
Para mi suerte, la ventana de un milímetro de grosor estaba abierta, y si ella intentaba atacarme, podría huir.
—Muy bien, Damián —respondió sarcásticamente, resaltando mi nombre—. Me la he pasado increíble gracias a ti.
Se giró sobre sus tacones, cruzándose de brazos.
—Yo también he estado muy bien, gracias por preguntar, Via.
Arrastró la silla hasta el otro lado, mirando a la pared.
—No los escucho, chicos —mencionaron desde afuera.
Via se levantó de un salto y volvió a dar golpes con su puño.
—No vamos a arreglar las cosas así.
—¿Qué tal si dejas de golpear la puerta y te pones a dialogar las cosas?
—¿Qué tal si dejas de ser una mandona y te pones a trabajar, Fernanda?.
Reí por lo bajito antes de sentir cómo un pedazo de tela me golpeó.
Cuando me percaté, busqué en la camilla y miré en el suelo el par de brazaletes que le había regalado.
El aire me faltó y sentí cómo el latido de mi corazón retumbaba en mi pecho.
Elevé mi rostro para ver el techo y evitar que las lágrimas cayeran.
—Si no dejas de hacer ruido, te prometo que entro y te amarro, Vianey —amenazó, Fer sin titubeos.
Conocía a ambas a la perfección: una no dejaría de darle puñetazos a la puerta y la otra cumpliría su amenaza.
Caminé hasta chocar con la espalda de Via. La rodeé con mis brazos, atrapando sus manos para evitar que siguiera, y retrocedimos juntos.
Su espalda contra mi pecho, el roce de su cadera y el perfume que emanaba de su piel me distrajeron por unos instantes.
—Te vas a lastimar —hablé bajito en su oído—. Se tendrán que cansar y nos dejarán salir.
Tragué grueso, implorando que ese abrazo durara horas.
—¿Y si no quiero calmarme?
Mis músculos se tensaron ante el contacto.
En un impulso, sin pensar, la apreté un poco más, eliminando los escasos centímetros que nos separaban.
Nunca contemplé que tendría que pensar en otras cosas para que ella no notara que no solo mi corazón la extrañaba.
Incliné mi rostro, con la respiración chocando la parte trasera de su oreja, cerca de su cuello.
—Igual no te voy a soltar.
—¿Y qué harás? —se removió en su lugar, haciendo todo para alejarse, con sus glúteos golpeando mi entrepierna repetidas veces.
Pensaba en animales haciendo popó, gente vomitando, combinaciones extrañas de comida, hasta canté Estrellita, ¿dónde estás?, todo para distraer mi mente.
<< Piensa en otra cosa antes de que no lo puedas controlar.>>
—Hablar. Déjame explicarte —pedí con dificultad.
Hacer dos cosas al mismo tiempo era demasiado complicado.
Ella enarcó una de sus cejas, juzgándome, sin afirmar ni negar nada. Mientras su respiración y sus leves quejidos no ayudaban en nada a mi situación.
Al sentir que estaba perdiendo la batalla, cubrí su boca con mi mano cuando intentó hablar.
—Hablarás cuando sea tu turno —pasé saliva, calmando mi situación.
Ella se encogió de hombros, resignada, y mi cara agradeció que no tenía las manos libres para atacarme.
—¿Via, me vas a escuchar?
Negó con la cabeza y la vi de reojo, alzando la ceja.
Después asintió y sonreí como si hubiera ganado la pelea.
—El mensaje fue un error —al escucharme, abrió más los ojos—. El mensaje no, sino de dónde salió. Me equivoqué usando la cuenta de Esteban y no supe cómo decírtelo.
Vaya, era fácil decir la verdad.
Descubrí su boca con lentitud al recibir una mordida de su parte.
Me quedé pensativo, sin añadir más. Ella sujetó mi mano para que no lo volviera a hacer y la frialdad de su piel disminuyó con nuestro contacto.
—Déjame ver si entendí —comentó dolida—. Tú, Damián, eres Meteoro.
Afirmé moviendo la cabeza.
—Esteban es Estrella Fugaz. Tú pretendiste ser él porque te equivocaste de cuenta y no me dijiste la verdad.
—Sí —desvié la mirada al piso.
Inhalé y exhalé con fuerza.
Sonaba peor de lo que era.
—Estrella Fugaz sigue en el hospital y tú estás jugando a las adivinanzas conmigo.
—Solo intento explicarte, Via.
—Explícate —exigió.
—El día del accidente estaba muy presionado. Sería mi última lucha como Meteoro y no se lo había dicho a Esteban.
—¿Dejarás de ser luchador? —me interrumpió, confundida.
#6137 en Novela romántica
#642 en Joven Adulto
romance acción drama reflexión amistad, comedia humor enredos aventuras romance, luchalibre
Editado: 16.08.2026