Cuando nace una estrella.

Capítulo 20. La verdad de Via.

Via

La vida es rara cuando crees que sabes lo que haces.

Lunes.

Un día después del desastre en el hospital.

Mi punto de quiebre fue releer el contrato, recordar la conversación de ayer en la oficina, haber conocido a los padres de quién supuestamente estaba enamorada y ver los miles de comentarios acerca de mí.

Evadí la realidad y pretendí leer el libro que llevaba en mi mesa desde hace meses. ¿Tenía que ser de romance? ¿De verdad?. Hojeando las páginas me encontré con lo que supuestamente nunca quise experimentar: el amor.

Lo que tanto me negué en la vida.

Tuve un destello de lo que era eso y ahora estaba triste por su culpa.

¿Por qué no podía ser la mujer que era amada como en sus libros favoritos? Con su lujuria, su pasión, su descontrol y su corazón.

¿Realmente podría ser amada de esa manera? No lo creía.

Lo imaginé en miles de escenarios ficticios y, cuando lo viví, se esfumó porque no me pertenecía. ¿El amor era para mí? Ciertamente, no lo sabía. ¿Qué tal si lo merecía?

No quise decir que lo necesitaba, porque si lo reconocía. aceptaba que sería una fracasada. Lo cual no me molestaba; sin embargo, me hirió. Y me dolía horrible, pues nunca fui la persona especial de alguien, al menos no lo suficiente como para que lucharán por mí.

No bastó para que me dieran flores y sonaba estúpido en mi cabeza; yo solo quería que me pidiera perdón, que me abrazara y que jamás me soltara

En las últimas semanas todo volvió a ser como era antes: ya no tenía a nadie que me esperara en casa, entusiasmado por verme, por saber de mis días y de mi vida. No le robaba las sonrisas y mucho menos los suspiros. Nadie me abrazaba por las noches: solo la soledad y el frío me acompañaban en mis tristezas. No experimentaba ese contacto físico que te llevaba a querer más de esa persona.

Puede que nunca haya vivido la experiencia de que alguien muriera por mí, y no de la manera extrema o peligrosa, sino de la forma en que no viera sus días sin mí, no pudiera vivir sin mi existencia, sin mis besos, mis chistes, mis palabras.

Creí que sabía lo que era ser deseada y amada a la misma vez.

Únicamente que creí mal.

En fin no supe que era ser amada.

No conocí el amor y he ahí mi miedo a enamorarme.

Meteoro: Perdón, todo sigue siendo mi error

Suspiré profundamente y respondí su mensaje:

Yo: ¿Conocernos fue un error? Entendido, gracias por avisar.

Dejé el teléfono en el buro de al lado del sillón. No quise continuar la conversación; era la segunda vez que me afirmaba que éramos un error. No quería llegar a la tercera y última vez.

—¿Cómo no vas a saber cuál es tu comida favorita? —me criticó Andrés desde la cocina.

Por un rato había olvidado que estaba aquí.

Después de que toda la producción me regañara por desmayarme a la mitad de la jornada, Andrés se ofreció a pasar la tarde de descanso conmigo.

Llevaba meses sin preocuparme por la comida; inclusive, había superado la etapa de ayunar por periodos prolongados. Por ello, me avergoncé cuando todos se enteraron de que había vuelto a pasar.

—No sé. Solo no es algo a lo que presté atención —respondí, dejando el libro a lado.

Acurrucándome con la cobija, subí mis pies y recargué mi cabeza en el respaldo.

—Pero debe de existir una sola cosa que puedas comer toda la vida.

—Ese es el problema.

—¿Cuál? —preguntó acercándose para poner los platos llenos de pasta en la mesa. Colocó el mío cerca y él se sentó del otro lado..

—Siempre como lo mismo. No hay variación porque no me gusta probar cosas nuevas.

—Mmm —dudó, juzgándome con la mirada.

—¿Qué?

—Me mientes. Comes lo mismo porque tienes miedo a engordar. Crees que al comer lo mismo siempre tendrás el mismo cuerpo.

Agaché mi vista, sorprendida y asustada.

¿Cómo pudo saberlo?

—Lo noté desde la cena con Anny. Mire cómo analizabas la comida, como intentabas comer los vegetales y apartabas las cosas que tenían grasa. Sueles tener siempre el control excesivo de lo que comes.

—¿Cómo sabes eso de mí? —dije sin levantar mi cara—. Me acabas de conocer hace poco.

—Lo sé y lo comprobé por Damián. Dentro de nuestro caos te tenemos en común y te queremos.

—¿Y qué tiene que ver él con todo esto?

Al escuchar su nombre, mi corazón dio un salto. Miré el plato de comida y luego a Andrés, después el libro y, por un instante, me cuestioné si me había equivocado con Damián.

—Te ve, Via. Sabemos que comes lo mismo aun cuando no te gusta porque la comida te da miedo.

Asentí con los ojos vidriosos.

—Tienes atracones de vez en cuando, porque no comes lo que tú cuerpo necesita y no aguantas más hasta que tu cuerpo te lo exige. No disfrutas de la comida. Pero tú crees que yo tendría estos brazotes —Alzó los brazos y los flexionó para acentuar sus músculos—. Si no comiera nada. No lo creo, preciosa.

Levantó mi cara poniendo su mano en mi mentón

—Lo supo primero él, después yo lo corroboré y juntos prometimos sacarte de esto. Eso no es lo importante. No te juzgo. Tú tienes tus razones para hacerlo.

—Perdón —solo logré decir con un titubeo en mi voz.

—Los problemas no te tienen que seguir atormentando a este grado —entrelazó mis manos con las suyas—. Solo por hoy, ¿puedes intentar comerte todo el plato? A ver hasta que te llenes, por favor.

—Está bien.

Limpió mis lágrimas con su pulgar y se acomodó en su asiento, exagerando sus caras de gozo para intentar hacer que se me antojara.

Volví a mirar el plato de comida. Aunque rebosaba de tanta pasta, yo podía.

—Creí que solo comeríamos, no que analizaríamos la cantidad de mantequilla que tiene.

Suspiré y me decidí a comer.

Mañana ya vería qué pasaría.




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