El invierno terminó.
Como siempre, sin avisar.
Sin hacer ruido.
Sin pedir permiso.
La nieve se retiró, como un huésped silencioso y cansado, dejando su aliento helado en las ramas.
Los árboles, todavía heridos por la escarcha, lloraban en gotas tímidas.
El arroyo, antes congelado como un secreto, volvió a murmurar entre las piedras.
Y el canto de los pájaros —ese que durante meses parecía imposible— regresó con la naturalidad de un milagro inesperado.
En el pueblo hablaban de la tormenta como si fuera una rareza, un evento fuera de lugar.
—Una nevada inusual —decían en la plaza—. Nunca había nevado así en junio.
—Condiciones atmosféricas anormales —decía el meteorólogo jubilado.
—Nunca había nevado así en junio —repetían—. Fue como una visita de otro mundo.
Yo solo asentía.
No los corregí.
¿Qué podía decirles?
¿Cómo explicarles algo que yo mismo apenas podía nombrar?
Que la nieve tenía nombre.
El sol llegó en agosto con fuerza, calentó la tierra, rompió la escarcha, hizo brotar las flores.
Y con cada flor que nacía, algo dentro de mí moría un poco más.
Me convertí en un hombre que calla más de lo que habla.
Un hombre que guarda sus lágrimas para la noche, que observa el cielo como quien espera un milagro que ya no cree merecer.
En mi cuerpo no queda agua para derramar.
Jamás supe su verdadero nombre.
Pero recuerdo su caminar como si estuviera viendo ahora mismo: los pies apenas rozando el suelo, como si no perteneciera del todo a esta tierra.
Recuerdo su sonrisa. Su mirada sin mirar. Su canto bajo la ventana.
Su cuerpo hecho de invierno.
Y su alma, hecha de algo aún más frágil.
Ese fue el último invierno en que tuve corazón.
Pasó un año.
Uno entero.
Las estaciones llegaron y se fueron. El bosque siguió ahí, indiferente. Eterno.
Como si todo lo que viví fuera un sueño mal recordado.
Pero cuando junio regresó, algo en mí se rompió.
Una grieta vieja que volvió a sangrar.
Así que volví.
Volví al bosque.
Con el corazón temblando y los pasos torpes, como quien regresa al lugar donde enterraron todo.
No esperaba encontrarla.
No del todo.
Solo sabía que no podía quedarme sin volver.
Porque hay puertas que el alma abre... y que no sabe cerrar.
Me detuve en el claro donde la encontré por primera vez.
El mismo arroyo.
Las mismas piedras.
La misma quietud.
No nevaba.
No hacía frío.
Solo silencio.
Y entonces apareció.
Una figura entre los árboles.
Delgada.
Frágil.
Con ese andar leve, como si los pies no supieran hundirse en la tierra.
El cabello blanco, corto, agitado por el viento.
Los hombros caídos.
La piel translúcida.
Como si el invierno se hubiera olvidado de que ya se fue.
Mi cuerpo se paralizó.
La garganta se secó.
Y antes de decir una palabra, la figura tambaleó...
Y cayó desmayada frente a mí.
Corrí.
—¡Nieves! —grité con la voz rota, arrancándome el alma al pronunciar su nombre.
Me arrodillé junto a ella y la tomé en brazos.
Estaba helada.
Pálida.
Sus labios fríos, pero no morados.
Su respiración leve, como un susurro atrapado en la garganta.
Abrí sus párpados... vacíos.
Otra vez... vacíos.
Sin color. Sin pupilas. Sin iris. Solo un blanco inmenso, como el hielo de un lago congelado.
—Nieves... —susurré, temblando entre la incredulidad y la esperanza.
¿Era ella?
¿Otra ninfa?
¿Una reencarnación?
No lo sabía.
Y en ese instante, no me importaba.
La envolví con mi chaqueta y la apreté contra mi pecho.
No se resistió.
Solo se abandonó al calor.
—No voy a perderte otra vez —dije, acariciando su frente cubierta de escarcha—. Esta vez... no dejaré que te vayas.
Ella no respondió.
Pero no se resistió.
Se abandonó al calor.
Como si en mi abrazo recordara algo.
—Te cuidaré —le prometí, rozando sus mejillas frías—. Como la primera vez. Esta vez... no dejaré que te vayas.
Porque si los copos de nieve pueden volver al cielo... quizás yo pueda volver a enamorarte.
❄ FIN ❄
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Editado: 11.01.2026