Cuando papá y mamá se divorciaron.

El eco de las puertas

En la sala de audiencias número 7, el aire olía a café viejo y a papeles que llevaban demasiado tiempo esperando.

María y Javier estaban sentados en extremos opuestos del banco de madera, como si una línea invisible les prohibiera acercarse más de un metro. Entre ellos, dos sillas vacías que deberían haber ocupado Lucas (9 años) y Sofía (6).

El juez leía en voz monótona:

—Señora Guzmán, usted alega que el padre ejerce violencia verbal constante…

—Señor Morales, usted asegura que la madre manipula emocionalmente a los menores y les impide verlo…

Cada frase era un misil lanzado al otro bando. Ninguno escuchaba realmente lo que decía el contrario; solo esperaban su turno para contraatacar.

En el pasillo, del otro lado de la puerta doble, Lucas y Sofía esperaban sentados en unas sillas de plástico naranja demasiado altas para sus piernas. Una asistente social les había dado crayones y hojas en blanco «para que dibujen algo bonito mientras esperan».

Sofía dibujaba siempre lo mismo últimamente: una casa con dos puertas. Una a la izquierda, otra a la derecha. Nunca ventanas. Nunca chimenea. Solo dos puertas.

—¿Por qué no dibujas personas? —le preguntó Lucas en voz baja.

—Porque si dibujo personas, después tengo que decidir dónde ponerlas… y me da miedo equivocarme.

Lucas miró su propia hoja. Había empezado a dibujar un dinosaurio, pero lo había tachado tantas veces que ahora solo quedaba un borrón gris con dientes. Lo arrancó, hizo una bola y la guardó en el bolsillo. Últimamente guardaba muchas cosas en los bolsillos: piedras, envoltorios, palabras que no se atrevía a decir.

Adentro, la discusión subía de tono.

—¡Tú le dijiste a Sofía que yo no la quería! —gritó María.

—¡Tú le dijiste a Lucas que si se iba conmigo un fin de semana entero iba a abandonarlo para siempre! —respondió Javier.

El juez golpeó la mesa con suavidad.

—Por favor. Los menores están afuera.

Silencio repentino. Como si hasta ese momento hubieran olvidado que los niños existían más allá de ser «el objeto de la disputa».

María miró hacia la puerta. Javier también. Por un segundo sus miradas se cruzaron, no con odio, sino con algo mucho más peligroso: vergüenza fugaz.




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