Afura, Sofía susurró:
—Lucas… ¿y si un día se cansan de pelear y deciden que ya no nos quieren a nosotros tampoco?
Lucas no contestó. Solo metió la mano en el bolsillo y sacó la bola de papel arrugada. La abrió despacio. El dinosaurio tachado parecía mirarlo con ojos tristes.
—No sé —dijo al fin—. Pero creo que ya estamos medio borrados.
La asistente social salió al pasillo en ese momento.
—Ya casi terminan. En unos minutos podrán entrar a despedirse.
Sofía apretó su dibujo contra el pecho.
—¿Despedirse de qué? —preguntó con voz muy pequeña.
La mujer no supo qué contestar.
Adentro, el juez dictaminaba visitas rotativas, peritajes psicológicos, restricción de acercamiento entre los padres en las entregas… palabras largas que sonaban a candados.
María y Javier firmaron donde les indicaron, sin mirarse.
Cuando abrieron la puerta, los niños se pusieron de pie como resortes.
Sofía corrió hacia su mamá. Lucas dudó un segundo y luego caminó hacia su papá. Pero antes de llegar se detuvo, dio media vuelta y abrazó primero a su hermana. Muy fuerte. Como si quisiera protegerla de lo que venía después.
Ninguno de los dos adultos dijo nada.
Solo se escuchó el crujir del dibujo de Sofía al arrugarse contra la espalda de su hermano.
Y el sonido, casi imperceptible, de un niño guardando otro pedazo más de sí mismo en el fondo de su bolsillo.