Cuando papá y mamá se divorciaron.

Desde nuestros ojos

Soy Lucas. Tengo nueve años. Sofía tiene seis. Antes, cuando alguien preguntaba “¿cómo estás?”, contestábamos “bien” sin pensarlo. Ahora ya no sabemos qué contestar, porque “bien” suena como mentira.

Mamá y papá ya no viven juntos. Eso pasó hace mucho, pero sigue pasando todos los días. Cada vez que nos entregan de uno al otro es como si nos pasaran un paquete frágil que ninguno quiere que se rompa… pero que ninguno cuida del todo.

Los viernes por la tarde esperamos en la banqueta de la casa de mamá. Papá llega en su camioneta gris. Siempre llega cinco minutos tarde, y mamá siempre sale a la puerta a mirar el reloj del celular como si eso fuera a cambiar algo. Se miran sin hablar. Luego mamá nos abraza muy fuerte y nos dice al oído:

—No se olviden de lavarse los dientes. Y si algo pasa, me llaman, ¿sí?

Papá abre la puerta trasera y nos dice:

—Suban, campeones.

Pero no suena como antes, cuando “campeones” era feliz. Ahora suena a que está tratando de convencerse a sí mismo de que todo está bien.

En el camino a casa de papá, Sofía se queda callada mirando por la ventana. Yo también, pero a veces le pregunto cosas tontas a papá para llenar el silencio:

—¿Vamos a comer pizza?

—Sí, claro. La de siempre.

Pero ya no es “la de siempre”. Porque antes comíamos pizza los viernes los tres juntos, riéndonos de las películas malas que ponía mamá. Ahora comemos pizza papá y nosotros, y mamá come sola en su departamento. O eso imaginamos. Nadie nos dice qué hace el otro cuando no estamos.

En casa de papá hay reglas nuevas. No se puede dejar la mochila en el sillón. Hay que poner los platos en el lavavajillas aunque no nos guste. Papá dice que es “para que aprendamos responsabilidad”. Pero creo que en realidad es para que no quede nada nuestro regado, como si quisiéramos marcar territorio.

Sofía duerme conmigo cuando estamos con papá. Dice que la cama de la habitación de visitas es muy grande y le da miedo. Yo también tengo miedo, pero no de la cama. Tengo miedo de que si duermo solo, me despierte y papá ya no esté. O peor: que esté, pero que ya no me mire como antes.




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