Los domingos por la tarde es al revés. Papá nos lleva de vuelta. Siempre pone la misma playlist de canciones que le gustaban a mamá. Creo que lo hace para recordarse algo, o para castigarse. Cuando llegamos, mamá sale sonriendo mucho, como si hubiera estado practicando frente al espejo. Nos abraza y huele a su perfume de vainilla, el mismo de siempre. Pero ya no huele a casa.
Una vez Sofía le preguntó:
—Mami, ¿por qué ya no cantas cuando nos bañas?
Mamá se quedó quieta un segundo. Luego dijo:
—Porque ahora cantas tú, mi amor. Tienes voz más bonita.
Pero Sofía no canta. Solo tararea bajito cuando cree que nadie la escucha. Canciones que ya nadie le pide.
A veces, cuando estamos los dos solos (porque mamá está en el baño llorando bajito o papá se queda en la cocina mirando el celular con cara de enojo), nos sentamos en el piso del pasillo y jugamos a “antes”.
—Antes —dice Sofía— comíamos helado los domingos después de misa.
—Antes —digo yo— papá me cargaba en hombros hasta el carro aunque ya estaba grande.
—Antes —susurra ella— mamá y papá se daban besos en la cocina.
Y nos quedamos callados, porque “antes” duele más que “ahora”.
No les decimos nada. No les contamos que guardamos las servilletas donde escribieron “te quiero” antes de que empezaran a pelear por quién se quedaba con nosotros. No les contamos que Sofía ya no dibuja casas con dos puertas, sino que ahora dibuja solo una puerta cerrada con candado. No les contamos que yo ya no quiero ser grande, porque los grandes se van o se pelean o se olvidan de abrazar.
Solo esperamos.
Esperamos que un día se den cuenta de que no estamos peleando por ellos.
Que solo queremos que dejen de pelear por nosotros.
Porque cada vez que gritan, aunque no sea frente a nosotros, sentimos que nos parten un pedacito más.
Y ya casi no nos quedan pedazos enteros.