Cuando papá y mamá se divorciaron.

Desde los ojos de Sofia

Tengo seis años.

Mamá dice que soy grande para mi edad, pero yo no me siento grande. Me siento chiquita, como si me hubieran encogido dentro de la ropa.

Cuando estoy con mamá, todo es suave. El sofá huele a su crema de manos, la luz de la lámpara es amarillita y cálida, y ella me peina despacito aunque ya no tenga nudos. Me canta bajito mientras me hace trenzas, aunque a veces se le quiebra la voz y finge que es porque está resfriada. Yo no le digo que sé que no está resfriada. Solo aprieto más fuerte mi conejo de peluche contra el pecho.

Pero los viernes por la tarde se acaba lo suave.

Papá llega en la camioneta. Toca el claxon dos veces, corto, como si tuviera prisa. Mamá me abraza tan fuerte que me duele un poquito la espalda, pero no me quejo. Me susurra al oído:

—Portarte bien, mi princesa. Y si extrañas, me mandas besitos por el teléfono, ¿sí?

Asiento, pero no puedo hablar porque tengo un nudo en la garganta que sabe a lágrimas que todavía no salen.

En la camioneta de papá huele a gasolina y a chicles de menta que él mastica cuando está nervioso. Pone música, pero no la que a mí me gusta. Pone canciones que mamá y él ponían antes, cuando los tres íbamos al mar. Creo que lo hace para acordarse de algo bueno, pero se le olvida sonreír mientras escucha.

Yo miro por la ventana y cuento los postes de luz. Uno, dos, tres… así no pienso en que cada poste me aleja más de mamá.

En casa de papá hay menos colores. Las paredes son beige, la cocina es blanca, todo parece limpio pero frío. Papá me pregunta:

—¿Quieres ver caricaturas?

Digo que sí, aunque ya no me gustan tanto las caricaturas. Me siento en el sillón con las piernas cruzadas y abrazo al conejo. Papá se sienta a mi lado, pero no muy cerca. A veces pone su mano en mi hombro, pero la quita rápido, como si quemara.

Por la noche no quiero dormir sola en la habitación de visitas. La cama es muy grande y cuando me meto, siento que voy a caerme por los lados. Entonces voy de puntitas al cuarto de Lucas. Él ya está despierto, con los ojos abiertos en la oscuridad.

—¿Puedo dormir contigo? —pregunto bajito.

—Ven —dice, y me hace espacio.

Nos acostamos juntos, espalda con espalda. No hablamos mucho, pero siento su respiración y sé que él también siente la mía. Es lo único que no se ha roto todavía.

A veces sueño que la casa tiene solo una puerta. Ni dos, ni tres. Una sola. Y por esa puerta entran mamá y papá al mismo tiempo. Se toman de la mano y me dicen:

—Ven, Sofi, vamos los cuatro al parque.




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