Cuando papá y mamá se divorciaron.

Desde los ojos de Sofia

Pero despierto y la puerta sigue siendo dos: una en casa de mamá, otra en casa de papá. Y yo tengo que escoger todos los viernes y todos los domingos cuál puerta abrir.

No quiero escoger.

Quiero que alguien más grande que yo decida por mí, pero que lo haga bien. Que no me parta en dos cada vez que me entregan.

El domingo, cuando papá me lleva de regreso, miro por la ventana y cuento postes otra vez, pero al revés. Uno, dos, tres… ahora me acercan a mamá. Cuando veo la puerta del edificio, el corazón me late tan fuerte que creo que se me va a salir.

Mamá abre y me abraza. Huele a vainilla y a casa. Me aprieta y yo entierro la cara en su suéter. No quiero soltarla nunca.

Pero sé que el próximo viernes volverá a pasar lo mismo.

Entonces pienso en algo que no le digo a nadie:

Si me hago muy chiquita, tan chiquita que quepa en el bolsillo de Lucas, tal vez pueda quedarme siempre con los dos.

Sin tener que escoger puertas.

Sin tener que despedirme cada vez.

Solo ser pequeña y que me lleven juntos, aunque sea en secreto.

Porque ya estoy cansada de ser grande para mi edad.




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