Tengo nueve años, pero a veces me siento como si tuviera cien.
Como si hubiera visto demasiadas cosas que no debería ver todavía.
Cuando papá y mamá se separaron, al principio pensé que era como cuando se acaba una película: triste un rato, pero luego empieza otra.
Me equivoqué.
No terminó. Solo cambió de canal, y ahora estamos atrapados en el mismo capítulo que se repite cada viernes y cada domingo.
Los viernes espero en la ventana de la sala. Veo la camioneta gris de papá doblar la esquina. Siempre llega con la misma cara: mandíbula apretada, ojos fijos en el camino como si estuviera manejando por una cuerda floja.
Mamá abre la puerta antes de que toque. Me abraza por detrás, fuerte, y me dice al oído:
—Cuídate mucho, mi amor. Y cuida a tu hermana, ¿sí?
Asiento, pero no miro sus ojos. Porque si los miro, veo que están rojos otra vez. Y no quiero que vea que los míos también lo están.
En el carro, papá pone música bajita. Canciones viejas que antes cantábamos todos. Ahora nadie canta. Solo Sofía tararea a veces, muy bajito, como si tuviera miedo de que la escuchen. Yo miro el retrovisor y veo cómo papá aprieta el volante hasta que los nudillos se le ponen blancos.
Cuando llegamos a su departamento, todo está ordenado. Demasiado ordenado. No hay juguetes regados, no hay dibujos pegados en la nevera, no hay olor a comida que mamá hacía los domingos.
Papá me pregunta:
—¿Quieres jugar videojuegos?
Digo que sí, aunque ya no me divierten tanto. Jugamos un rato, pero él se distrae mirando el teléfono cada dos minutos. Creo que está esperando un mensaje de mamá, o tal vez revisando si ella le escribió algo malo. Nunca me dice.
Por la noche Sofía viene a mi cuarto. Se mete bajo las sábanas sin pedir permiso y se pega a mi espalda. Su respiración es chiquita y rápida, como si estuviera corriendo en sueños.