Cuando papá y mamá se divorciaron.

Desde los ojos de los padres

María (lá madre)

Cada viernes, cuando escucho el claxon de esa maldita camioneta gris, algo dentro de mí se quiebra como vidrio fino.

Me quedo en el umbral con los brazos abiertos y los niños se pegan a mí como si supieran que esta despedida podría ser la última. Los abrazo hasta que siento sus costillas contra mis costillas, hasta que huelo su pelo y me convenzo por tres segundos de que todavía son míos del todo.

—Vuelvan pronto, mis vidas —susurro, y mi voz se parte en pedacitos—. Mamá los espera siempre aquí.

Javier baja del carro con esa cara de piedra que pone cuando sabe que lo estoy mirando. No dice nada. Nunca dice nada. Solo abre la puerta trasera y espera.

Yo quiero gritarle: “¡Mírame! ¡Mira lo que nos estás haciendo!”. Pero en vez de eso, les doy un último beso en la frente y los suelto.

Los suelto.

Y cuando la camioneta se aleja, me quedo parada ahí, con las manos vacías y el pecho ardiendo, sintiendo cómo se me va la vida en cada metro que se alejan.

Por las noches me despierto sudando, soñando que los pierdo en un pasillo interminable de juzgados. Despierto gritando sus nombres en silencio.

Y lloro hasta que no queda más agua en mí.

Porque sé que cada vez que le digo al juez “él los daña”, cada vez que le mando un mensaje furioso a las tres de la mañana, cada vez que les digo bajito “papá no los entiende como yo”, estoy clavando otro clavo en el ataúd de su infancia.

Lo sé. Lo siento como ácido en las venas.

Pero el terror es más grande que la culpa. El terror de despertarme un día y que ya no me digan “mami”. El terror de que Sofía olvide cómo se siente mi abrazo. El terror de que Lucas deje de buscarme con la mirada cuando entra a la casa.

Entonces sigo peleando.

Aunque cada golpe que doy les rebota en el alma a ellos.




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