EVI era una chica de mas omenos 10 o 11 años llevaba como dos años guardando un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Había aprendido a callar, a aguantar, a esconder el dolor detrás de una mirada vacía. Pero ese día, algo dentro de ella se quebró. No fue un grito. No fue un golpe. Fue simplemente el límite.
Cuando la policía llegó, EVI no podía dejar de temblar. Sentía las manos frías, la garganta cerrada, el corazón golpeando como si quisiera escapar de su pecho. No sabía cómo empezar, ni si su voz sería lo suficientemente fuerte para salir.
Pero salió.
Entre pausas, respiraciones cortas y lágrimas que no podía controlar, EVI contó lo que había vivido. Cada palabra le dolía, pero también la liberaba un poco. Los oficiales la escucharon sin interrumpirla, con una paciencia que ella no conocía. Le hicieron preguntas, pero siempre con cuidado, como si temieran romperla más.
Cuando terminaron, uno de ellos le preguntó con suavidad:
¿Quieres volver a tu casa?
EVI bajó la mirada. No… por favor. No quiero volver ahí estoy diespuesta a ir a donde sea pero porfavor no quiero volver.
El oficial asintió sin dudar. Está bien. Vamos a buscarte un lugar seguro.
EVI sintió que las piernas le fallaban. No sabía si lloraba por miedo, por alivio o por ambas cosas. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, alguien la estaba escuchando.Esa misma noche, la llevaron a un hogar para chicas. Un lugar tranquilo, con habitaciones pequeñas y una terraza desde donde se veía el cielo. Allí nadie la conocía. Nadie sabía su historia. Nadie esperaba nada de ella. Los primeros días no habló con nadie. Pasaba horas en la terraza, mirando el cielo sin decir una palabra. A veces sentía que no valía nada, que no servía para nada, que el mundo estaría mejor sin ella. No lo decía en voz alta, pero lo pensaba en silencio, como un eco que no la dejaba en paz. Aun así, cada mañana se levantaba. Respiraba. Caminaba. Existía.Y aunque ella no lo sabía todavía, eso ya era un acto de valentía.