Los días siguientes, EVI volvió a la terraza como siempre. Era su lugar, su pequeño refugio dentro de un mundo que todavía le dolía. Pero desde aquella tarde, ya no estaba completamente sola. Cada vez que subía, la chica del cabello largo aparecía unos minutos después, como si supiera exactamente cuándo EVI necesitaba compañía.
Nunca la presionaba. Nunca hacía preguntas incómodas. Solo se sentaba a su lado, mirando el cielo, compartiendo un silencio que no lastimaba.
Una tarde, mientras el viento movía suavemente el cabello de ambas, la chica habló por primera vez de sí misma.
Me llamo Lía dijo con una sonrisa tranquila. Por si algún día quieres saberlo.
EVI parpadeó. No esperaba un nombre. No esperaba nada. Evi… —murmuró, casi sin darse cuenta.
Lía sonrió un poco más. Lo sé. Te escuché cuando llegaste.
EVI sintió un nudo en el estómago. No le gustaba que la gente supiera cosas de ella. Pero con Lía… no se sentía expuesta. Se sentía vista, que era distinto.
¿Por qué te sientas conmigo? preguntó EVI, sin mirarla.
Lía se encogió de hombros. Porque sé lo que es sentirse sola. Y porque tú no deberías estarlo.
EVI bajó la mirada. No soy buena compañía.
Eso no es verdad respondió Lía sin dudar. A veces la mejor compañía es alguien que simplemente está.
EVI no sabía qué decir. Nadie había hablado así de ella. Nadie había dicho que su presencia valía algo.
Lía continuó, con voz suave: No tienes que contarme nada. No tienes que explicarme nada. Solo… si algún día quieres hablar, yo voy a escucharte.
EVI sintió un calor extraño en el pecho. No era dolor. No era miedo. Era algo nuevo, algo que no recordaba haber sentido en mucho tiempo: confianza.
No sé si pueda —susurró.
No tienes que poder hoy —respondió Lía—. Solo tienes que seguir aquí.
EVI levantó la vista hacia el cielo. Las primeras estrellas empezaban a aparecer, pequeñas, tímidas, pero presentes.
Por primera vez desde que llegó al hogar, EVI no sintió que el mundo estuviera completamente en su contra. Por primera vez, alguien se quedaba a su lado sin pedir nada a cambio.
Y aunque todavía no lo entendiera, ese pequeño gesto sería el inicio de su camino haciaalgo que nunca creyó posible: sentirse acompañada.