EVI llevaba días sintiéndose atrapada en su propia cabeza. Cada vez que veía a Lía, algo dentro de ella se movía, algo que no sabía si era miedo, cariño o las dos cosas mezcladas. Ese sentimiento la confundía. La hacía sentir culpable. La hacía sentir rota.
Y cuando se sentía así, su mente se volvía un lugar peligroso. No hacía nada que pudiera lastimarla gravemente, pero sí tenía impulsos que la asustaban. A veces se apretaba las manos hasta dejar marcas. A veces se golpeaba las piernas con fuerza para “despertarse”. A veces se quedaba mirando la pared durante horas, deseando no sentir nada.
No quería hacerlo. No quería sentirse así. Pero no sabía cómo detenerlo.
Una tarde, Lía la encontró en la terraza, con los ojos rojos y las mangas cubriendo sus manos.
Evi… dijo con una voz que mezclaba preocupación y cariño. Hoy estás peor que ayer.
EVI no respondió. No podía. Sentía que si hablaba, iba a romperse.
Lía se sentó a su lado, despacio, como si temiera asustarla.
No tienes que decirme qué pasó susurró. Pero no quiero que te hagas daño por dentro por guardarlo todo.
EVI apretó los dientes. No entiendes murmuró, con la voz quebrada. No sé qué siento. No sé qué quiero. No sé si… si está bien lo que siento por ti.
Lía abrió los ojos, sorprendida, pero no se alejó.
Evi… lo que sientes no está mal dijo con suavidad. Sentir nunca está mal.
EVI negó con la cabeza, temblando. Me da miedo. Me da miedo quererte. Me da miedo necesitarte. Me da miedo que te vayas.
Lía respiró hondo, con paciencia. No voy a irme porque tengas miedo. No voy a irme porque sientas algo. Estoy aquí porque quiero estar aquí.
EVI sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no de dolor… sino de alivio.
Las lágrimas empezaron a caer sin permiso.
Hay cosas que nunca dije susurró. Cosas que me hicieron… cosas que me lastimaron… cosas que todavía me duelen. Y no sé cómo contarlas. No sé cómo hablar.
Lía no la tocó. No la presionó. Solo la miró con una ternura que hacía que el mundo dejara de doler por un momento.
Cuando estés lista dijo, yo voy a escucharte. No importa cuánto tardes. No importa si lloras. No importa si te detienes. Yo voy a estar aquí.
EVI respiró hondo, temblando. Por primera vez, sintió que tal vez… tal vez podía decirlo. Tal vez podía contar su historia. Tal vez podía dejar de cargar sola con todo ese peso.
Y aunque todavía no lo sabía, ese momento sería el inicio de su liberación.