EVI no sabía en qué momento Lía se había convertido en la única persona capaz de calmar ese torbellino que llevaba dentro. No era magia. No era que el dolor desapareciera. Era simplemente que, cuando Lía estaba cerca, el mundo dejaba de sentirse tan pesado.
Pero esa calma también la confundía.
Una parte de ella quería acercarse más. Otra parte quería huir. Y entre esas dos fuerzas, EVI se sentía atrapada.
Esa tarde, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras. El viento soplaba fuerte, como si anunciara una tormenta. EVI estaba en la terraza, abrazándose a sí misma, intentando controlar la respiración.
Cuando Lía llegó, no dijo nada. Solo se sentó a su lado, como siempre.
—Hoy estás temblando —dijo con suavidad.
EVI apretó los labios. —No sé qué me pasa —susurró—. No sé si estoy triste, asustada… o si es por ti.
Lía la miró con una mezcla de sorpresa y ternura.
—¿Por mí?
EVI asintió, sin levantar la vista. —Cuando estoy contigo… siento algo que no entiendo. Algo que me asusta. Algo que no sé si está bien.
Lía respiró hondo, sin moverse demasiado.
—Evi… sentir cariño por alguien no es malo. Sentir conexión tampoco. No tienes que ponerle nombre ahora.
EVI tragó saliva. —Pero yo… yo nunca sentí esto antes. Y me da miedo que tú… que tú no sientas lo mismo.
Lía sonrió, suave, como si sus palabras fueran un cristal que debía sostener con cuidado.
—No tienes que preocuparte por eso ahora. Lo importante es que no estás sola. Y que lo que sientes… es válido.
EVI sintió un nudo en la garganta. —Hay cosas que todavía no te dije —murmuró—. Cosas que me duelen. Cosas que me hicieron… y que todavía me persiguen.
Lía no la presionó. —Cuando quieras contarlas, yo voy a escucharte.
EVI respiró hondo, temblando. —No sé si pueda decirlo todo hoy… pero puedo empezar.
Lía asintió, con paciencia infinita.
EVI cerró los ojos. Las palabras salieron despacio, como si cada una pesara toneladas.
—Cuando era niña… alguien que debía cuidarme me hizo daño. Me hizo sentir que no valía nada. Que mi voz no importaba. Que yo era… un objeto. Y crecí creyendo que era mi culpa.
Lía apretó los labios, conteniendo la rabia que no quería mostrarle.
—Evi… lo que te hicieron fue una injusticia enorme. Y tú no tuviste la culpa de nada.
EVI siguió hablando, entre lágrimas.
—Por eso me cuesta confiar. Por eso me cuesta sentir. Por eso… me cuesta quererte.
Lía se acercó un poco, lo justo para que EVI sintiera su presencia sin sentirse invadida.
—No tienes que apresurarte —susurró—. Yo voy a caminar a tu ritmo.
EVI lloró en silencio, pero esta vez no se sintió sola. Por primera vez, compartir su historia no la hacía sentir sucia ni culpable. Por primera vez, alguien la escuchaba sin juzgarla.
Y aunque todavía tenía miedo, aunque todavía estaba rota en muchos lugares, algo dentro de ella empezó a sanar.
Muy despacio. Muy frágil. Pero real.