EVI no sabía en qué momento Lía se había convertido en su lugar seguro. No era algo que hubiera planeado. No era algo que hubiera buscado. Simplemente… pasó. Cada tarde, cuando escuchaba sus pasos acercándose a la terraza, su corazón hacía ese pequeño salto que tanto la confundía.
Ese día, el cielo estaba despejado, pero EVI sentía una tormenta por dentro. Había dormido mal. Había tenido recuerdos que no quería tener. Y aunque no había hecho nada para lastimarse, sí había tenido impulsos que la asustaban.
Cuando Lía llegó, EVI estaba abrazándose las piernas, escondida detrás de sus rodillas.
—Evi… —dijo Lía con voz suave—. Hoy estás más callada que de costumbre.
EVI no levantó la cabeza. —No quiero que me veas así.
Lía se sentó a su lado, dejando un espacio cómodo entre ambas.
—No tienes que esconderte de mí —susurró—. No voy a pensar menos de ti por tener un mal día.
EVI apretó los labios. —No es solo un mal día. Es… todo. A veces siento que mi cabeza es un lugar peligroso. Que me pierdo ahí dentro.
Lía respiró hondo, con esa calma que siempre la envolvía.
—No estás sola en eso —dijo—. Y no tienes que pelear contra tu mente sin apoyo.
EVI tragó saliva. —Me da miedo contarte más. Miedo de que te alejes. Miedo de que pienses que estoy rota.
Lía negó con la cabeza, firme.
—No estás rota. Estás herida. Y las heridas sanan cuando alguien las mira con cuidado.
EVI sintió que las lágrimas le subían. —No sé cómo hablar de lo que pasó. No sé cómo ponerlo en palabras sin sentir que me ahogo.
—Entonces no lo digas todo de una vez —respondió Lía—. Dime solo lo que puedas. Lo que te salga. Lo que no te destruya.
EVI respiró hondo. Muy hondo.
—Cuando era niña… —empezó, con la voz temblando— me hicieron daño. Mucho daño. Y crecí pensando que era mi culpa. Que yo había provocado todo. Que no merecía nada bueno.
Lía cerró los ojos un segundo, como si le doliera escucharla.
—Evi… lo que te hicieron fue una injusticia enorme. Y tú no provocaste nada. No merecías nada de eso.
EVI siguió, con lágrimas cayendo sin control.
—Por eso me cuesta confiar. Por eso me cuesta sentir. Por eso… me cuesta quererte.
Lía abrió los ojos, sorprendida, pero no se alejó.
—¿Quererte? —repitió, suave.
EVI se cubrió la cara con las manos. —No sé si es amor. No sé si es cariño. No sé qué es. Solo sé que cuando estás aquí… todo duele menos. Y eso me asusta.
Lía se acercó un poco, despacio, sin invadirla.
—Evi… lo que sientes no es algo malo. No es algo que debas esconder. Y no voy a alejarme porque tengas miedo. Estoy aquí porque quiero estar aquí.
EVI lloró más fuerte, pero esta vez no era solo tristeza. Era alivio. Era miedo. Era cariño. Era todo mezclado.
—No sé cómo dejar que alguien me quiera —susurró.
—No tienes que saberlo hoy —respondió Lía—. Solo déjame quedarme contigo mientras lo aprendes.
EVI levantó la mirada. Por primera vez, dejó que Lía la viera llorar sin esconderse. Por primera vez, no se sintió débil por hacerlo. Por primera vez, sintió que tal vez… tal vez podía dejar entrar a alguien.
Y ese pequeño gesto, esa mínima apertura, fue más valiosa que cualquier palabra.