“cuando por fin hablé”

CAPÍTULO 10 — Cuando el pasado volvió a tocar la puerta

EVI había dormido mal otra vez. No fue una pesadilla completa, pero sí uno de esos recuerdos que regresan sin permiso, como un golpe silencioso. Se despertó con el corazón acelerado, las manos frías y esa sensación de que algo dentro de ella se había roto un poco más.

Todo el día estuvo distraída. Caminaba por los pasillos del hogar sin mirar a nadie. No comió casi nada. No habló. No quería que nadie la tocara, ni siquiera accidentalmente.

Cuando llegó la tarde, subió a la terraza como si sus pies la llevaran solos. Se sentó en el mismo rincón de siempre, abrazándose las piernas, intentando que el aire entrara sin doler.

No sabía si quería que Lía apareciera. Parte de ella sí. Parte de ella no. Parte de ella tenía miedo de que Lía viera lo rota que estaba ese día.

Pero Lía llegó igual.

—Evi… —dijo con voz suave, apenas un susurro—. Hoy estás muy lejos.

EVI no levantó la cabeza. —No quiero hablar.

—Está bien —respondió Lía, sentándose a su lado—. No tienes que hablar. Solo… déjame estar aquí.

Ese “déjame estar aquí” fue suficiente para que EVI empezara a temblar.

Pasaron unos minutos en silencio. Un silencio que no la presionaba. Un silencio que la dejaba respirar.

Hasta que EVI murmuró, casi sin voz:

—Hoy recordé algo.

Lía no se movió. No la miró directamente. Solo esperó.

—Recordé… —EVI tragó saliva— recordé una noche. Una de esas noches. Y me sentí como si estuviera ahí otra vez. Como si no hubiera escapado nunca.

Lía cerró los ojos un segundo, como si le doliera escucharla.

—Lo siento, Evi —susurró—. Siento que tengas que cargar con eso.

EVI apretó las manos. —No sé cómo dejar de sentirlo. No sé cómo dejar de tener miedo. No sé cómo… cómo seguir adelante.

Lía respiró hondo, con esa calma que siempre la envolvía.

—No tienes que saberlo hoy. No tienes que tener todas las respuestas. Lo único que tienes que hacer es seguir respirando. Y dejar que alguien te acompañe mientras sanas.

EVI sintió un nudo en la garganta. —Tengo miedo de depender de ti —confesó—. Tengo miedo de quererte demasiado. Tengo miedo de que un día te canses de mí.

Lía giró la cabeza, mirándola con una ternura que casi dolía.

—Evi… yo no estoy aquí por obligación. Estoy aquí porque quiero. Porque tú me importas. Porque no quiero que enfrentes esto sola.

EVI sintió que el pecho le ardía. —No sé si lo que siento es amor —susurró—. Pero cuando tú estás… todo se siente menos oscuro.

Lía sonrió, suave, como si entendiera exactamente lo que pasaba dentro de ella.

—Entonces déjame ser tu luz un rato —dijo—. Hasta que encuentres la tuya.

EVI no respondió. No podía. Pero por primera vez en mucho tiempo, apoyó su cabeza en el hombro de alguien.

Y ese gesto, pequeño pero enorme, fue la prueba de que estaba empezando a confiar. A abrirse. A sentir.

Y aunque el pasado todavía dolía, por primera vez no lo enfrentaba sola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.