“cuando por fin hablé”

CAPÍTULO 11 — Cuando alguien me sostuvo sin tocarme

Los días siguientes fueron extraños para EVI. No malos. No buenos. Solo… diferentes.

Había algo nuevo en ella, algo que no sabía nombrar. Cada vez que pensaba en Lía, sentía un calor suave en el pecho, como si su corazón estuviera despertando después de mucho tiempo dormido. Pero al mismo tiempo, ese sentimiento la asustaba. Le hacía dudar de sí misma. Le hacía preguntarse si merecía sentir algo tan bonito.

Esa tarde, EVI estaba en la terraza antes de que el sol empezara a bajar. El cielo tenía un tono rosado que se mezclaba con el azul, como si el día y la noche se abrazaran por un momento. EVI estaba sentada con las piernas cruzadas, mirando el horizonte sin realmente verlo.

Cuando escuchó los pasos de Lía, su corazón dio ese pequeño salto que ya empezaba a reconocer.

—Hola —dijo Lía, sentándose a su lado.

EVI no respondió de inmediato. Solo respiró hondo.

—Hoy… pensé mucho —murmuró finalmente.

—¿Sobre qué? —preguntó Lía, con esa voz suave que nunca presionaba.

EVI bajó la mirada. —Sobre mí. Sobre lo que siento. Sobre lo que me pasó. Sobre ti.

Lía no dijo nada. Solo esperó.

—A veces siento que estoy avanzando —continuó EVI—. Que estoy sanando. Que puedo respirar un poco mejor. Pero otras veces… siento que retrocedo. Que me hundo. Que mi cabeza se llena de cosas que no quiero pensar.

Lía asintió despacio. —Sanar no es una línea recta. A veces avanzas. A veces retrocedes. Pero lo importante es que sigues aquí.

EVI tragó saliva. —Hoy tuve un impulso feo. No hice nada, pero… me asustó. Me hizo sentir que no estoy bien.

Lía la miró con una mezcla de preocupación y cariño, pero sin alarmarse.

—Gracias por decírmelo —susurró—. Eso demuestra que estás luchando. Que estás consciente. Que quieres estar mejor.

EVI sintió que las lágrimas le subían. —No quiero sentirme así. No quiero tener miedo de mí misma.

—Y no vas a enfrentarlo sola —respondió Lía—. Estoy contigo. Y también hay personas aquí que pueden ayudarte. No tienes que cargar con eso en silencio.

EVI respiró hondo, temblando. —Lía… yo… creo que me estoy enamorando de ti.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue suave. Cálido. Como si el mundo se detuviera un segundo para escuchar.

Lía sonrió, despacio, como si esa confesión fuera un tesoro frágil.

—Evi… yo también siento algo por ti —admitió—. Pero no quiero que te sientas presionada. No quiero que pienses que tienes que estar bien para que yo me quede. Yo estoy aquí porque tú me importas. No por lo que puedas darme.

EVI sintió que el pecho le ardía, pero no de dolor. Era otra cosa. Algo que nunca había sentido así.

—Tengo miedo —susurró.

—Yo también —respondió Lía—. Pero podemos tener miedo juntas.

EVI levantó la mirada. Por primera vez, no apartó los ojos. Por primera vez, dejó que Lía la viera completa: rota, herida, confundida… pero también viva.

Y Lía no se alejó. No se asustó. No dudó.

Solo sonrió.

—No tienes que ser perfecta —dijo—. Solo tienes que ser tú.

EVI sintió que algo dentro de ella se aflojaba, como si un nudo que llevaba años apretado empezara a soltarse.

Por primera vez, no solo se sintió acompañada. Se sintió querida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.