EVI llevaba varios días sintiéndose un poco más estable. No bien, pero sí… acompañada. Lía se había convertido en su punto fijo, en esa presencia que hacía que el mundo no se sintiera tan frío. Por eso, cuando esa tarde subió a la terraza, esperaba verla llegar como siempre.
Pero Lía no llegó.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. Luego una hora.
EVI empezó a inquietarse. No era normal. Lía siempre aparecía.
Cuando finalmente escuchó pasos, EVI levantó la cabeza con un pequeño alivio… pero no era Lía. Era una de las trabajadoras del hogar, con una expresión seria que hizo que el estómago de EVI se cerrara.
—Evi… necesito hablar contigo —dijo con voz suave.
EVI sintió un escalofrío. —¿Qué pasó?
La mujer respiró hondo, como si buscara las palabras correctas.
—Lía… se fue.
EVI parpadeó, sin entender. —¿Qué…? ¿Cómo que se fue?
—Su familia vino hoy. La situación de ella cambió y… decidieron llevársela a casa. Fue algo rápido. No tuvo tiempo de despedirse.
EVI sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies. Como si todo se moviera demasiado rápido. Como si el aire se volviera pesado.
—No… —susurró—. No puede ser. Ella… ella no me dijo nada.
—No lo sabía —respondió la mujer—. Fue inesperado para todos.
EVI sintió un golpe en el pecho. Un vacío. Un silencio que dolía más que cualquier palabra.
—¿Se… se va a ir para siempre? —preguntó con la voz quebrada.
La mujer no respondió de inmediato. Y ese silencio fue suficiente para que EVI entendiera.
Lía ya no estaba. Lía no iba a subir a la terraza esa tarde. Ni mañana. Ni la próxima semana.
EVI sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No gritó. No se movió. Solo se quedó ahí, inmóvil, como si su cuerpo no supiera qué hacer con tanto dolor.
La mujer intentó acercarse, pero EVI dio un paso atrás.
—Estoy bien —mintió—. Solo… solo quiero estar sola.
La mujer dudó, pero finalmente asintió y se fue.
Cuando EVI quedó sola en la terraza, el cielo empezaba a oscurecerse. El viento soplaba fuerte. Las nubes se movían rápido, como si el mundo siguiera adelante sin esperarla.
EVI se abrazó a sí misma, temblando.
—No te vayas… —susurró, aunque sabía que Lía ya no podía escucharla.
Y por primera vez desde que había llegado al hogar, EVI sintió que el silencio volvía a pesarle como antes. Como si todo lo que había avanzado se desmoronara en un solo instante.
Como si estuviera sola otra vez.