“cuando por fin hablé”

CAPÍTULO 13 — El silencio que dejó su nombre

.EVI no durmió esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Lía sonriendo, escuchándola, diciéndole que no estaba sola. Y ahora… ya no estaba.

La habitación se sentía más fría. El hogar más grande. El mundo más vacío.

A la mañana siguiente, EVI caminó por los pasillos como si flotara. No escuchaba las voces, no veía los rostros. Todo era un ruido lejano, como si estuviera detrás de un vidrio grueso.Cuando llegó a la terraza, el lugar donde siempre se encontraban, sintió un golpe en el pecho. El banco estaba vacío. El cielo estaba gris. Y el silencio… el silencio dolía.EVI se sentó despacio, abrazándose las piernas. —¿Por qué te fuiste sin decirme nada…? —susurró, aunque sabía que no había respuesta.Una parte de ella quería gritar. Otra quería desaparecer. Otra quería correr detrás de Lía, aunque no sabía a dónde.

—Evi… ¿puedo sentarme contigo?

EVI no respondió, pero la mujer se sentó igual, dejando espacio, como hacía Lía.

—Sé que esto es difícil —dijo con suavidad—. Sé que Lía era importante para ti.

EVI apretó los labios. —Ella… ella era la única que me entendía.

—No era la única —respondió la mujer—. Solo fue la primera.

EVI levantó la mirada, confundida.

—Lo que compartiste con ella fue real —continuó—. Pero eso no significa que estés sola ahora. Aquí hay personas que quieren ayudarte. Que quieren escucharte. Que quieren que estés bien.

EVI sintió un nudo en la garganta.

—No quiero empezar de cero —murmuró—. No quiero confiar en alguien más. No quiero perder a nadie más.

La mujer respiró hondo. —No tienes que empezar de cero. Lo que viviste con Lía no desaparece porque ella ya no esté aquí. Lo que aprendiste, lo que sentiste, lo que te permitió abrirte… eso sigue contigo.

EVI bajó la mirada. —Pero duele.

—Claro que duele —respondió la mujer—. Perder a alguien que te hizo sentir segura siempre duele. Pero ese dolor también significa que lo que viviste fue importante.

EVI sintió que las lágrimas le caían otra vez. —No sé cómo seguir sin ella.

La mujer sonrió con ternura. —No tienes que saberlo hoy. Solo tienes que dar un paso. Y luego otro. Y si te caes, aquí estaremos para ayudarte a levantarte.

EVI respiró hondo. Por primera vez desde que Lía se fue, sintió un pequeño hilo de aire entrar sin doler tanto.

No era alivio.

No era esperanza. Pero era algo.

Y ese “algo” era suficiente para seguir respirando un día más.




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