La ausencia de Lía se convirtió en un hueco que EVI no sabía cómo llenar. Los primeros días intentó mantenerse firme, recordando las palabras de Lía, respirando hondo, buscando calma. Pero el dolor era demasiado grande. Demasiado silencioso. Demasiado suyo.
Y poco a poco, algo dentro de ella empezó a cambiar.
No era tristeza.
No era miedo. Era rabia.
Rabia por haber sido abandonada tantas veces. Rabia por no haber tenido control sobre nada en su vida. Rabia por sentir que cada vez que empezaba a sanar, algo la arrancaba de raíz.EVI empezó a aislarse. A contestar mal. A empujar a cualquiera que intentara acercarse. A romper reglas solo para sentir que tenía poder sobre algo, aunque fuera mínimo.
Las trabajadoras del hogar intentaban hablar con ella, pero EVI no quería escuchar. No quería consejos. No quería calma. Quería gritar. Quería pelear. Quería que el mundo sintiera un poco del dolor que ella llevaba dentro.
Y aunque no se hacía daño de forma grave, sí tenía impulsos que la asustaban. A veces se apretaba los brazos con tanta fuerza que le quedaban marcas.
A veces golpeaba la pared con el puño hasta que le dolía. A veces deseaba desaparecer solo para no sentir más.
Pero un día, algo cambió.
En el comedor, tres chicas nuevas estaban discutiendo con otras. Eran fuertes, ruidosas, con miradas que decían “no me toques”. EVI las observó desde lejos. Había algo en ellas que le resultaba familiar: esa mezcla de dolor y furia que ella misma llevaba dentro.
Cuando una de las chicas —una de cabello corto y mirada desafiante— se acercó a ella, EVI no se movió.
—Tú eres la que siempre está sola, ¿no? —dijo la chica.
EVI la miró con frialdad. —¿Y qué?
La chica sonrió, como si esa respuesta le gustara.
Me llamo Mara. Y ellas son Nube y Kora. Nosotras tampoco encajamos aquí. Pero juntas… es diferente.
EVI frunció el ceño. —¿Qué quieres?
—Nada —respondió Mara—. Solo que te vi. Y sé reconocer a alguien que está cansada de que la pisoteen.
EVI sintió un escalofrío.
No era miedo. Era reconocimiento.
—No necesito a nadie —murmuró.
—Claro que no —dijo Mara, encogiéndose de hombros—. Pero a veces es mejor pelear acompañada.
EVI no respondió. Pero cuando Mara se alejó, algo dentro de ella se movió.
No era cariño.
No era confianza. Era… posibilidad.
Esa tarde, por primera vez desde que Lía se fue, EVI no subió a la terraza. Se quedó con Mara, Nube y Kora. No habló mucho, pero escuchó. Y aunque no lo admitiera, sentirse parte de algo —aunque fuera un grupo de chicas rotas y rebeldes— le dio una chispa de fuerza que creía perdida.
No era la versión de sí misma que Lía habría querido ver. Pero era la versión que EVI necesitaba para sobrevivir ese momento.
Y así, sin planearlo, sin quererlo, sin entenderlo del todo… EVI empezó a formar su propio grupo. Su propia manada. Su propio refugio.
Uno que no pedía explicaciones. Uno que no exigía calma. Uno que entendía la rabia.