Los días sin Lía se volvieron una mezcla de rabia y vacío. EVI ya no lloraba. Ya no temblaba. Ya no buscaba consuelo en la terraza.
Ahora caminaba con la cabeza alta, los puños cerrados y una mirada que decía “no te acerques”. No porque fuera fuerte. Sino porque estaba cansada de sentirse dé
Mara, Nube y Kora la observaban desde lejos, como si estuvieran esperando a que EVI diera un paso hacia ellas. Y lo dio.
Una tarde, cuando una chica del hogar la empujó sin querer en el pasillo, EVI reaccionó con una rapidez que sorprendió a todos.
—Mira por dónde vas —soltó, con una voz fría que no parecía suya.
La chica se disculpó, pero EVI no la escuchó. No quería escuchar.
Quería sentir que tenía control sobre algo, aunque fuera mínimo.
Mara apareció detrás de ella, sonriendo con aprobación.
—Así se hace —dijo—. No dejes que nadie te pase por encima.
EVI no respondió, pero esa frase se le quedó grabada.
Esa tarde, se reunió con ellas en el patio trasero, un lugar donde casi nadie iba. Mara se sentó en una mesa vieja, con los pies sobre el banco. Nube estaba recostada contra la pared, masticando chicle. Kora jugaba con una pulsera rota entre los dedos.
—¿Y bien? —preguntó Mara—. ¿Vas a seguir sola o vas a quedarte con nosotras?
EVI cruzó los brazos. —No necesito a nadie.
—Eso ya lo dijiste —respondió Mara—. Pero igual estás aquí.
EVI apretó los labios. Era verdad. Estaba ahí porque no quería estar sola. Porque la rabia era más fácil de llevar cuando había otras que la entendían.
—¿Qué hacen ustedes? —preguntó EVI.
Mara sonrió, una sonrisa peligrosa pero sincera.
—Nos cuidamos. Nos defendemos. No dejamos que nadie nos pisotee. Aquí nadie llora sola. Nadie pelea sola. Nadie se hunde sola.
EVI sintió un escalofrío. No de miedo. De reconocimiento.
—¿Y yo qué sería aquí? —preguntó.
Nube habló por primera vez. —La que tiene fuego en los ojos.
Kora añadió: —La que no se rinde aunque esté rota.
Mara se inclinó hacia adelante. —La que podría liderarnos si quisiera.
EVI abrió los ojos, sorprendida. —¿Liderarlas? ¿Yo?
—Sí —respondió Mara—. Porque tú no buscas atención. No buscas poder. Solo buscas sobrevivir. Y las que sobreviven… siempre son las más fuertes.
EVI sintió algo extraño en el pecho. No era cariño. No era calma. Era… fuerza.
Una fuerza que nacía del dolor. De la pérdida. De la rabia.
—Está bien —dijo finalmente—. Me quedo.
Mara sonrió como si hubiera estado esperando esas palabras desde el primer día.
—Bienvenida a nosotras —dijo—. A partir de hoy, nadie te toca. Nadie te hunde. Nadie te deja sola.
EVI sintió que algo dentro de ella se encendía. No era luz. No era esperanza. Era fuego.
Y aunque ese fuego podía quemarla, también podía protegerla.
Por primera vez desde que Lía se fue, EVI no se sintió vacía. Se sintió peligrosa. Se sintió viva.
Y así nació su grupo. Un grupo de chicas rotas, furiosas y leales. Un grupo que no pedía explicaciones. Un grupo que la eligió sin dudar.
Un grupo que, sin saberlo, la estaba llevando por un camino que cambiaría todo.