EVI no sabía en qué momento se había convertido en el centro del grupo. No lo pidió. No lo buscó. Pero ahí estaba: caminando por los pasillos con Mara, Nube y Kora detrás de ella, como si fueran una pequeña tormenta que nadie quería enfrentar.
La rabia seguía ahí, ardiendo. El vacío también. Pero ahora tenía algo más: miradas que la seguían, voces que la respetaban, chicas que la veían como alguien fuerte.
Y entre todas esas miradas, había una que la quemaba más que las demás.
Kora.
Kora la observaba como si EVI fuera un secreto que quería descifrar. Como si cada gesto suyo significara algo. Como si cada palabra que EVI decía fuera importante.
EVI intentaba ignorarlo. Intentaba no sentir nada. Intentaba no pensar en Lía, en lo que había perdido, en lo que había empezado a sentir antes de que todo se derrumbara.
Pero Kora estaba ahí. Siempre ahí.
Una tarde, mientras el grupo estaba reunido en el patio trasero, Mara hablaba sobre un plan para colarse en la cocina y robar comida extra. Nube reía, apoyada contra la pared. Pero Kora no prestaba atención. Solo miraba a EVI.
EVI lo notó. Y esta vez, no pudo ignorarlo.
—¿Qué quieres? —preguntó, sin suavidad.
Kora no se asustó. No se apartó. Solo dio un paso hacia ella.
—Quiero entenderte —respondió.
EVI frunció el ceño. —No hay nada que entender.
—Claro que sí —dijo Kora, con una voz baja, casi temblorosa—. Tú… tú no eres como nosotras. Tú no solo peleas. Tú cargas algo. Algo grande. Algo que te duele.
EVI sintió un golpe en el pecho. No quería hablar de eso. No quería que nadie lo viera.
—No te metas —murmuró.
Kora dio otro paso. —No quiero meterme. Quiero estar contigo.
EVI sintió que el aire se le atascaba. Era demasiado. Demasiado pronto. Demasiado parecido a lo que había sentido con Lía… y demasiado diferente al mismo tiempo.
—Kora… —empezó, pero no sabía qué decir.
Kora levantó la mano, despacio, como si temiera romperla. No la tocó. Solo la acercó, dejando unos centímetros entre ambas.
—No tienes que quererme —susurró—. No tienes que sentir nada. Pero yo… yo sí siento algo por ti. Y no voy a fingir que no.
EVI sintió que el corazón le latía con fuerza. No sabía si era miedo, rabia, confusión… o algo más.
Mara interrumpió el momento, lanzando una carcajada.
—¿Otra vez con tus dramas, Kora? —dijo—. Déjala respirar.
Kora bajó la mano, pero no apartó la mirada.
—No es drama —respondió—. Es real.
EVI tragó saliva. No sabía qué hacer con eso. No sabía cómo manejarlo. No sabía si estaba lista para sentir algo por alguien que no fuera Lía… o si estaba usando a Kora para llenar un vacío.
Pero sí sabía algo: Kora la veía. La veía incluso en su versión más oscura. Y aun así… la quería.
Esa noche, mientras el grupo se dispersaba, EVI se quedó sola un momento. Miró el cielo oscuro. Pensó en Lía. Pensó en Kora. Pensó en sí misma.
Y por primera vez, se dio cuenta de que estaba en medio de un fuego que podía quemarla… o transformarla.