Cuando salga el sol

02 | Sobre las noches de verano

—¿Me pasas las palomitas?

Sin despegar la mirada de la televisión estiro mi brazo hacia Nina y le tiendo el bol lleno de palomitas. Ha pasado una semana desde que llegamos aquí, y oficialmente puedo decir que ya es verano. Durante esta semana he transportado todos mis malos hábitos y costumbres a esta casa, es decir, apenas he salido. Mientras Nina y Noah se han pasado todas las mañanas en la playa, yo he dormido hasta decir basta.

—Pásalas, no te las quedes para ti —le dice Noah con el ceño fruncido—. Te las vas a terminar comiendo todas tú otra vez. Has hecho lo mismo con los otros dos cubos de palomitas.

Nina agarra un puñado y se las mete en la boca. Dice algo con la boca llena, pero ni Noah ni yo terminamos de entenderla. Forma una mueca de asco antes de arrebatarle él mismo el bol de las manos. Su expresión se suaviza cuando me las devuelve.

—Termínatelas tú.

Niego con la cabeza.

—No tengo hambre. Todas para ti.

Por otro lado, las tardes durante esta primera semana se han resumido en horas y horas de películas. Creo que es la primera vez que paso tanto tiempo seguido con ellos, y el sentimiento de felicidad que siento al pensar en ello es extraño. Noah siempre sacaba tiempo para pasarse por nuestra casa y estar con nosotras un rato, pero yo, ahora que lo pienso, el poco tiempo libre que tenía lo aprovechaba para encerrarme en mi habitación. Nunca lo hacía con maldad o desprecio, pero contra más lo pienso peor me siento.

Creo que estaba tan encerrada en mí misma que no conseguía ver a los demás. Es una de las tantas cosas que quiero intentar cambiar este verano.

—Habla cuando termines de comer lo que tienes en la boca —le regaña Noah—. Me acabas de escupir una palomita.

—¡Lo siento! —exclama sin hacerle caso.

—¡Nina!

Con prisa, empuja la comida que tiene en la boca con sus dedos e intenta masticarla lo más rápido posible. No puedo evitar reírme.

—¿Podemos hacer un stop? ¡Me estoy meando!

—Es la cuarta vez que vas al baño en lo que llevamos de película.

—¿Tienes algún problema con ello? Sabes que mi vejiga es diminuta.

Noah sacude su cabeza y se estira hacia la mesa para coger el mando y poner en pausa la película. Nina no pierde el tiempo, se pone de pie en el sillón y salta el respaldo para ir corriendo hacia el lavabo. Noah se queda durante unos segundos observando el lugar donde Nina ha desaparecido hasta que suspira y apoya su cabeza sobre el respaldo del sillón. Encojo mis piernas y me abrazo a ellas mientras lo observo.

—¿Estás bien? —pregunto cuando veo que no abre los ojos.

Me mira al instante, parece confuso por mi pregunta. Aprieta los labios y sé, sin necesidad de preguntarle, el debate interno que está efectuando en su mente. Él, a diferencia de Nina, se esfuerza más por poner filtros a sus palabras, por elegirlas con cuidado. No es tan transparente como ella.

—Claro. —Apoya la mano en uno de sus hombros desnudos para enfriar su piel caliente, lo lleva haciendo desde que no ha hecho otra cosa más que quemarse—. El que debería hacer esa pregunta aquí soy yo.

—¿Por qué?

—Porque comprendo lo raro que tiene que ser para ti estar tanto tiempo fuera de Orlando. Quiero que sepas que tanto Nina como yo somos conscientes del esfuerzo que has hecho por estar aquí con nosotros. —Sonríe—. Me hace feliz este pequeño avance.

Escucharlo de su propia boca hace que me sienta todavía más contenta por la elección. Porque no, lo importante no ha sido aceptar divertirme ese verano con ellos —que también—, sino escoger deshacerme de todo lo que me entorpece y empezar a caminar hacia delante. Durante este último año mi vida ha estado paralizada. Era frustrante ver como todo el mundo continuaba avanzando, paso a paso, mientras yo no podía hacer nada.

—¿Tienes planeado venir alguna mañana a la playa con nosotros?

—No lo sé —respondo apartando la mirada y llevándola hacia la televisión.

—Puedes pasarla en el bar, tiene unas sillas con cojines muy cómodas donde podrás leer.

—Llevo cuarenta páginas del libro y no leo desde hace cuatro días. Estoy estancada, Noah.

—Dahila...

—Estos últimos días me he sentido algo apática —admito. Pienso que se puede deber a la cantidad de tiempo libre que tengo ahora, antes siempre vivía por y para el trabajo, era lo único que me distraía—. Es difícil intentar las cosas cuando me dan igual.

Suelta un largo suspiro que hace que evite a toda costa su mirada. Sé la expresión que está poniendo, la he visto demasiadas veces. Me apropio de su estrategia y me levanto para ir a la cocina y evitar el tema de conversación, no obstante, Noah me sigue con toda su buena intención. Abro un cajón de la cocina y rebusco en él.

—¿Crees que Nina querrá otra ronda de palomitas?

—¿Si lo creo? Efectivamente. ¿Si comerá más? No. —Aparta mi mano y cierra el cajón con suavidad—. Y ahora volvamos al tema principal.

—Estoy bien, Noah. —No quiero que se preocupe más por mí—. Vendrán semanas mejores.

Clavo mi mirada en la nevera y voy hacia ella con la intención de enfocar mi atención en algo que no sea la propia conversación. No tengo sed, pero pienso en coger la jarra de agua y beber. O eso es lo que tenía planeado, pues Noah aparece en mi camino y me bloquea el paso apoyándose en el frigorífico.

—¿Qué tienes planeado hacer para que vengan semanas mejores?

—Pues... Bueno... —Abro la boca pero de nada me sirve, pues realmente no tengo ninguna respuesta—. Algo se me ocurrirá.

—Bien, visto que no lo sabes, te lo voy a plantear yo. El primer paso lo has dado, sabes que esta semana no está resultando como te imaginabas, que sigues metida en casa y que te cuesta explorar el mundo. Te has dado cuenta del problema, bien, eso es importante. ¿Quieres saber qué creo que deberías hacer? —Suspiro y asiento con la cabeza—. Debes empezar a salir.




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