Cuando te enamoras del caos

Prólogo

Adanis

Estaba herida. Había fallado en una misión importante. La explosión me lanzó varios metros antes de que el edificio colapsara sobre mí. Quedé atrapada bajo los escombros, incapaz de moverme. El polvo me quemaba la garganta, el aire apenas me alcanzaba para respirar y cada latido hacía que el dolor en mi abdomen se volviera más insoportable. Sentía la sangre correr lentamente por mi costado, caliente al principio, fría después.

No podía pedir ayuda.

Seguramente todos creían que había muerto... y, si descubrían que seguía viva, volverían para terminar lo que habían empezado.

El silencio era sofocante hasta que unos disparos rompieron la quietud. Después, unos pasos. Cada vez más cerca.

Mi corazón se aceleró cuando reconocí esa voz.

—Búsquenla. Debe estar viva. Tiene más vidas que un gato.

—Héctor... —susurré.

Intenté gritar, pero apenas conseguí expulsar un hilo de voz. Me obligué a moverme y una punzada me atravesó el abdomen, arrancándome un quejido ahogado.

—¿Escucharon eso? —preguntó uno de los hombres.

—Busquen por ahí. De ahí vino el sonido —ordenó Héctor.

Las botas resonaron cada vez más cerca. Quise volver a llamarlo, pero mi cuerpo dejó de obedecerme. Mis párpados pesaban, el olor metálico de la sangre invadía mis sentidos y la oscuridad empezó a envolverme.

No quería morir allí.

No sin haber conocido la libertad. No sin haber vivido de verdad. No sin haber amado.

Justo cuando la conciencia estaba a punto de abandonarme, escuché unas piedras desplazarse sobre mi cabeza. Un rayo de luz se coló entre los escombros.

—Sabía que aún seguirías respirando.

Una sonrisa cansada tiró de la comisura de mis labios cuando el enorme bloque de concreto que aprisionaba mis piernas por fin fue retirado. El alivio duró apenas un segundo. En cuanto intenté moverme, un dolor insoportable me atravesó el abdomen y un jadeo escapó de mi garganta.

—Llegas... tarde... —murmuré.

Héctor se arrodilló a mi lado de inmediato. Sus manos recorrieron mi cuerpo con rapidez, buscando otras lesiones antes de detenerse en la herida de mi costado. La sangre no dejaba de brotar.

—No la muevan todavía —ordenó.

Presionó la herida con fuerza. El dolor me hizo arquear la espalda y un grito ahogado escapó de mis labios.

—La misión se complicó.

No pude evitar soltar una risa débil, casi histérica.

—Bonita... forma... de decir que casi me dejan morir.

Él no respondió. Solo hizo una seña a dos hombres.

—Levántenla con cuidado.

Ellos obedecieron. Uno sostuvo mi espalda y el otro mis piernas mientras me cargaban entre los restos del edificio. Cada paso hacía que el mundo se sacudiera a mi alrededor y sentía que iba dejando un rastro de sangre detrás de nosotros.

Todo empezó a verse borroso y el aire me faltaba. Cuando finalmente llegamos al vehículo, me acomodaron con cuidado en el asiento trasero. Héctor subió enseguida y volvió a presionar la herida mientras otro hombre ponía el auto en marcha. El motor rugió y salimos de allí.

Respiré con dificultad.

—Héctor...

Él levantó la vista sin dejar de intentar contener la hemorragia.

—Si... sobrevivo...

Las palabras apenas consiguieron salir, pero continué hablando:

—Déjame ir... Permíteme dejar todo esto... Quiero... ser libre.

Durante unos segundos solo se escuchó el motor y mi respiración entrecortada. Creí que ignoraría mi petición. Pero, para mi sorpresa, asintió despacio.

—Si sobrevives... cumpliré mi palabra.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Claro... porque sabes... que me voy a morir...

Por primera vez, la máscara de frialdad en su rostro pareció quebrarse.

—Una promesa es una promesa. Si sobrevives... serás libre.

Intenté responder, pero ya no tenía fuerzas.

El sonido del motor comenzó a apagarse. Las voces se volvieron lejanas. Lo último que escuché antes de perder el conocimiento fue a Héctor gritar que aceleraran, que no podían dejar que muriera.

Y, por primera vez en muchos años, me aferré a la vida. No por una misión. No por obedecer órdenes.

Sino porque, al otro lado de todo ese dolor, me esperaba algo que nunca había tenido.

La oportunidad de empezar de cero y ser libre...

Lysander
El clima estaba en mi contra o, quizá, el cielo simplemente había decidido tener compasión de mí y esconder mis lágrimas entre la lluvia para que nadie notara lo mucho que me estaba rompiendo por dentro. Las gotas caían con fuerza sobre los paraguas negros que rodeaban el cementerio y el barro se pegaba a los zapatos de todos los presentes, mientras un viento frío sacudía las copas de los árboles como si incluso la naturaleza se negara a aceptar que aquella despedida estuviera ocurriendo. Yo, en cambio, permanecía inmóvil, aferrándome con todas mis fuerzas al féretro que dentro de unos segundos desaparecería bajo la tierra.

Mis manos temblaban tanto que apenas sentía los dedos, pero me negaba a soltarlo, porque hacerlo significaba aceptar una realidad para la que jamás estaría preparado: Paulina Adams, la mujer que amé con cada parte de mi alma, ya no volvería a sonreírme, ya no volvería a tomar mi mano ni a decirme que todo estaría bien cuando el mundo se me viniera encima.

No escuchaba al sacerdote. Tampoco prestaba atención a las oraciones ni a las flores que la gente dejaba sobre el ataúd. Lo único que llegaba con claridad hasta mis oídos eran los murmullos de quienes observaban la escena con una mezcla de lástima, curiosidad y desprecio. Sus voces eran bajas, pero lo suficientemente fuertes para atravesarme como cuchillos. No necesitaban decirme las cosas a la cara; les bastaba con hablar entre ellos para que cada palabra encontrara el camino directo hacia mi pecho.

"Él la asesinó y ni siquiera lo recuerda..."

"Se hace el loco para no pagar por la muerte de ella..."




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.