Cuando te observa (#1 trilogía Secretos olvidados)

Capítulo XIV

Capítulo XIV:

Presente

Seth

A veces, uno jamás se imagina las cosas que pueden pasar, pero siempre suelen suceder por las cosas que hacemos, todo tiene un precio, y no en todas las ocasiones se refiere al dinero. Dinero que a algunos les sobra, y a otros les falta.

Mi mente ha estado tan inmersa en las palabras que voy a usar con Stan y en mi ahora relación con Liz. Tanto así que, me he olvidado de algo: Fuera de las cuatro paredes de mi casa y de mi habitación, también tengo una vida y se encuentra más descuidada que nunca. La azotea es el único lugar en el que puedo respirar aire fresco y lo último que se respiraría en este momento, es tranquilidad y aire fresco que quite la ansiedad.

—¿Qué pasa? —me pregunta Miranda, terminando de pasar dos grandes maletas a la sala.

—Sí —dice Liz, quien le que abrió la puerta—. ¿Qué pasa? —Para buena suerte, no se escucha molesta.

—¿Por qué estás aquí? Y con…eso. —Señalo sus maletas.

Miranda sonríe abiertamente—. Me mudo contigo, ¿no es obvio?

Cruzo miradas con Liz, esta situación es de las últimas que me esperaría.

—¿Y por qué te mudas aquí? —interrumpe Liz, caminando hasta llegar al costado de Miranda—. O hay algo que no me he enterado.

—¿Recuerdas qué te conté de…? —me intento explicar, pero Miranda se adelanta.

—Ha pasado mucho tiempo y no quiero estar lejos de ti. —Ella camina hasta estar frente mío y me toma del brazo—. Además, es bueno que sepas que también puedes contar conmigo.

Esa es una fuerte indirecta a Liz, que mira la escena con severidad.

—Bueno —dice Liz, caminando para estar más cerca y enfrentar la situación como se es debida—. Compartiremos habitación entonces. Porque solo hay dos y una la ocupa el enfermo.

La miro boquiabierto, ¿desde cuándo vive aquí y yo...

Esto es incómodo y perturbador a la misma vez, ahora todos entran y salen como si estuvieran en su casa. Recuerdo cuando Miranda llegó aquí a la semana de haber salido del hospital, luciendo un maquillaje demasiado pesado para su joven rostro cobrizo y siendo muy bajita para el promedio de una chica de diecinueve años. Aún tengo esa sensación de susto cuando se apareció a mi costado como un fantasma.

—Puedo preguntar quién eres —sondea Miranda, manteniendo su vista fija en Liz—, pero lo voy a dejar pasar, porque tampoco me interesa. Muéstrame esa habitación.

Las dos chicas se muestran sonrisas hipócritas y cada una escoge una maleta. Y terminan perdiéndose escaleras arriba.

De mi asombro me saca el sonido de la puerta abriéndose, y la repentina aparición de Stan en la sala de estar. Con ese aspecto hippie de siempre. Entonces, todo se alinea en mi cabeza y dejo de lado el raro comportamiento de dos chicas que se odian con tan solo verse, y me concentro en ver a la única persona con quien he querido hablar desde hace una semana.

—Ya estoy aquí, ¿pasó algo? —pregunta de lo más inocente, pero pronto se le borraría esa cara de “yo no fui” si confirma mis suposiciones.

—Sí, es solo que… Miranda…

Asiente, para dar a entender que está más que enterado de esto—. Ya llegó, quise detenerla, pero es bien terca.

Él se sienta en el sillón y me mira divertido, casi vacilante. Estudio su rostro un momento, se nota que no sospecha para nada lo que estoy por decirle.

Se ve como un chico bueno, pero es jodidamente traicionero, y si no lo es, tengo sentado en mi sillón al mayor mentiroso que haiga conocido.

—Llegó eso la semana pasada —le dije, señalando la mesita que tiene enfrente. Él me mira confundido, alternando su mirada entre la mesa y yo.

—¿Qué es esto? —cuestiona, mirando raro el papel que ahora tiene en sus manos.

—Verás, casualmente tu foto está ahí y sé que me has mentido todo este tiempo.

Ceñudo, deja de mirar el papel y se levanta del sillón.

—¿Qué dices? —Por su tono de voz, es claro que está nervioso.

No hago ningún gesto, solo hay que continuar con la conversación lo más natural que se pueda, Stan tiene que hablar de alguna u otra forma.

—Es curioso —continúo, con un tono suave y lento—, quién sea que haiga enviado los correos o esa carta —señalo sus manos, donde aún tiene el papel—, te conoce. Sin mencionar que no me dijiste la verdad sobre quien me llevó al hospital, ¿o me estoy equivocando? Porque si es así, te debo una disculpa por incriminarte.

De Stan, se nota la furia en su rostro. Arruga la carta con fuerza y la tira al suelo, provocando que casi se golpee la mano con la mesa. Él sabe que lo descubrí y no hace nada para poder negarlo, lo cual es mucho mejor.

—Te debo una explicación, pero…

—¿Pero? ¿Pero qué?

Molesto, se frota la cara con las manos y se acerca más para quedar cara a cara conmigo. Va a decirme la verdad, de eso estoy seguro.




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