Volver
Volver nunca es tan simple como llegar.
La gente cree que regresar es solo abrir una puerta, entrar y seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Pero no es así. Volver es enfrentarte a una versión de ti que ya no existe.
Tenía 19 años cuando entré otra vez a esa casa.
Mi casa.
O al menos, la que solía serlo.
El aire olía igual. Una mezcla de madera, polvo y algo que no sabía describir, algo que solo pertenecía a ese lugar.
Mi mamá dejó las llaves sobre la mesa.
—Bueno… ya estamos aquí —dijo, como si eso fuera suficiente.
Asentí, pero no dije nada.
Tomás, mi hermano menor, pasó corriendo junto a mí.
—¡Mi cuarto! —gritó emocionado.
Lo escuché abrir una puerta, luego otra, hasta encontrar el suyo.
Yo caminé más lento.
No tenía prisa.
Sabía exactamente dónde estaba mi habitación.
La última puerta al final del pasillo.
Mi mano dudó antes de girar la perilla.
No sabía por qué.
Tal vez porque una parte de mí sabía que abrir esa puerta era como abrir el pasado.
Pero lo hice.
Y ahí estaba.
Más pequeño de lo que recordaba.
La ventana seguía en el mismo lugar. La pared donde antes había pegado dibujos ahora estaba vacía. El piso crujió cuando di el primer paso.
Entré completamente.
Era extraño.
Todo era familiar, pero nada se sentía mío.
Me senté en la cama.
El colchón se hundió ligeramente bajo mi peso.
Antes, mis pies no alcanzaban el suelo.
Ahora sí.
Siete años.
Siete años cambian todo.
—¿Te gusta? —preguntó mi mamá desde la puerta.
La miré.
Sonreí un poco.
—Sí.
Pero no estaba segura.
No era que no me gustara.
Era que no sabía cómo sentirme.
Me acosté y miré el techo.
Recordé a la niña que había vivido ahí.
Tenía 12 años.
Era más callada.
Más insegura.
Más invisible.
No era infeliz.
Pero tampoco era completamente feliz.
Simplemente existía.
Tenía amigos.
No muchos, pero suficientes.
Y también estaba él.
Mateo.
No éramos amigos.
No exactamente.
Pero hablábamos a veces.
Porque teníamos amigos en común.
Porque coincidíamos.
Porque existíamos en el mismo espacio.
Nunca pensé demasiado en él.
Nunca lo vi como algo importante.
Era solo…
Mateo.
Nada más.
Cerré los ojos.
Pero su rostro apareció en mi mente de todas formas.
Más alto.
Más serio.
Más adulto.
Lo había visto.
Tres días antes.
En la tienda de la esquina.
No había sido un momento especial.
No hubo música.
No hubo palabras.
Solo una mirada.
Y sin embargo…
No había podido dejar de pensar en eso.
Abrí los ojos otra vez.
Suspiré.
Eso era absurdo.
Yo nunca había tenido novio.
Nunca había estado enamorada.
Nunca había sentido ese tipo de cosas.
No era ese tipo de persona.
O eso creía.
Me senté de nuevo.
Miré la ventana.
La calle estaba tranquila.
Todo parecía normal.
Pero yo no me sentía normal.
Me sentía como si estuviera al inicio de algo.
Algo que todavía no entendía.
Algo que todavía no tenía nombre.
Y no sabía por qué.
Pero por primera vez desde que volví…
No me sentía completamente fuera de lugar.
Editado: 08.02.2026