Cuando te volví a ver

Las miradas constantes

Las miradas constantes

No fue inmediato.

No fue como en las películas, donde todo cambia de un día para otro.

Fue lento.

Casi imperceptible.

Pero empezó.

La primera vez que lo noté después de la tienda, estaba cruzando la calle frente al parque. Yo iba caminando junto a Tomás, escuchándolo hablar sobre su nuevo colegio, cuando sentí algo extraño.

Esa sensación de estar siendo observada.

No era incómoda.

Pero era clara.

Giré la cabeza ligeramente.

Y ahí estaba.

Mateo.

Estaba del otro lado de la calle, caminando en dirección contraria. No estaba haciendo nada especial. No estaba sonriendo. No estaba llamándome.

Solo me estaba mirando.

Nuestros ojos se encontraron.

Y por un segundo, ninguno de los dos apartó la mirada.

No fue intenso.

No fue dramático.

Pero fue suficiente para que algo dentro de mí se moviera.

Luego, él apartó la mirada primero.

Y siguió caminando.

Como si nada hubiera pasado.

Como si ese momento no hubiera existido.

Seguí caminando también.

Pero algo había cambiado.

Esa noche, me encontré pensando en eso.

En su mirada.

En lo tranquila que había sido.

En lo familiar que se había sentido.

Y no entendía por qué.

Nunca había tenido novio.

Nunca había estado enamorada.

Nunca había sentido nervios por alguien.

Nunca había pensado en alguien sin razón.

Y sin embargo, ahora lo hacía.

No constantemente.

Pero sí lo suficiente.

Los días siguientes, pasó otra vez.

Y otra vez.

Y otra vez.

Siempre lo mismo.

Una mirada.

Un segundo.

Nada más.

A veces era en la calle.

A veces cerca de la tienda.

A veces cerca del colegio.

Nunca hablábamos.

Nunca sonreíamos.

Nunca hacíamos nada que convirtiera esos momentos en algo real.

Pero no se sentían como nada.

Se sentían como algo.

Algo que todavía no tenía forma.

Algo que todavía no tenía nombre.

Una tarde, mientras esperaba a Tomás afuera del colegio, lo vi de nuevo.

Estaba apoyado en su bicicleta, mirando su celular.

No me había visto.

O eso creí.

Lo observé por un segundo.

Dos.

Tres.

Había algo diferente en verlo así.

Más cerca.

Más real.

No era el niño que recordaba.

Era alguien completamente distinto.

Y eso me asustó un poco.

Porque no sabía qué significaba.

En ese momento, él levantó la vista.

Y me vio.

Directamente.

No aparté la mirada.

No esta vez.

Sentí mi corazón latir más fuerte.

No rápido.

Pero sí más fuerte.

Como si quisiera recordarme que estaba ahí.

Mateo no sonrió.

Pero tampoco parecía sorprendido.

Solo me miró.

Como si me conociera.

Como si siempre me hubiera conocido.

Y por primera vez desde que volví…

Sentí que tal vez él sí me recordaba.

Pero no estaba segura.

Y esa duda se quedó conmigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.