Cuando te volví a ver

El día de las bicicletas

El sonido de las voces de los estudiantes llenaba el aire.

Estaba apoyada en la reja del colegio, esperando a Tomás. Él siempre salía unos minutos más tarde que los demás porque se quedaba hablando con sus amigos.

Yo no tenía prisa.

Miraba a los estudiantes salir, riendo, empujándose, viviendo una etapa que ya había terminado para mí.

Entonces lo vi.

Mateo.

Venía en una bicicleta negra. No iba rápido. No parecía tener prisa. Solo avanzaba con calma, como si ese trayecto fuera parte de su rutina diaria.

Y detrás de él, en otra bicicleta más pequeña, venía una niña.

Su hermana.

Lo supe inmediatamente.

Se parecía a él.

Cuando se acercó más, levantó la vista.

Y me vio.

Esta vez no fue una coincidencia rápida.

Fue directo.

Claro.

Real.

Se detuvo.

No completamente frente a mí, pero lo suficiente cerca para que no pudiéramos fingir que no nos habíamos visto.

Su hermana siguió avanzando un poco más, pero luego se detuvo también.

Nos miramos.

Mi corazón empezó a latir más fuerte.

No sabía qué hacer.

No sabía qué decir.

Pero tampoco quería irme.

Tomás salió corriendo en ese momento.

—¡Vale! —gritó.

Corrí hacia él, agradecida por la distracción.

Pero antes de irme, miré a Mateo una vez más.

Él seguía mirándome.

Y esta vez…

No apartó la mirada hasta que me fui.




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