Después de ese día, algo cambió.
No fue algo visible.
Nadie lo habría notado desde afuera.
Pero yo sí lo sentía.
Era una conciencia nueva. Una atención constante. Como si una parte de mí estuviera siempre alerta, siempre esperando, incluso cuando fingía que no.
Durante los días siguientes, seguí acompañando a Tomás al colegio y recogiéndolo por las tardes. Era parte de mi rutina ahora. Mi mamá trabajaba todo el día, y yo todavía no había empezado la universidad, así que tenía tiempo.
Demasiado tiempo para pensar.
Demasiado tiempo para recordar miradas.
Demasiado tiempo para preguntarme cosas que no tenían respuesta.
Lo vi un par de veces más, pero siempre desde lejos.
Siempre lo mismo.
Una mirada breve.
Un reconocimiento silencioso.
Nada más.
Hasta que un día, finalmente, dejó de ser solo eso.
Había ido a la tienda de la esquina otra vez. No necesitaba nada en particular, pero salir de la casa se había convertido en una forma de sentirme menos atrapada en mis propios pensamientos.
Compré una botella de agua y salí, girando la tapa mientras caminaba sin prestar demasiada atención al camino.
—Valeria.
Mi nombre.
Su voz.
Se sentía extraño escucharla después de tanto tiempo.
Me detuve inmediatamente.
No porque quisiera.
Sino porque mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Giré lentamente.
Y ahí estaba.
Mateo.
Más cerca de lo que había estado nunca desde que volví.
Su expresión era tranquila, pero había algo en sus ojos que no lograba descifrar completamente.
No parecía nervioso.
Pero tampoco completamente seguro.
—Hola —dijo.
Su voz era más grave de lo que recordaba.
Más adulta.
—Hola —respondí.
Mi voz salió más suave de lo que esperaba.
Hubo un pequeño silencio.
No incómodo.
Solo cargado de todo lo que no habíamos dicho en siete años.
—Volviste —dijo finalmente.
No sonaba sorprendido.
Sonaba como si ya lo supiera.
Asentí.
—Sí.
—¿Hace cuánto?
—Unas semanas.
Él asintió lentamente, como si estuviera procesando algo.
—Te vi el otro día.
Sentí mi corazón latir más fuerte.
—Yo también te vi.
No sonrió completamente, pero sus labios se curvaron ligeramente.
—No estaba seguro de si eras tú.
Lo miré.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Has cambiado.
No supe si eso era bueno o malo.
—Tú también.
Negó suavemente con la cabeza.
—No tanto.
Lo observé.
No era cierto.
Había cambiado mucho.
Pero no de una forma que lo hiciera irreconocible.
Era como si su esencia siguiera siendo la misma, solo más definida.
Más clara.
Más segura.
—¿Cómo has estado? —preguntó.
Era una pregunta simple.
Pero no lo parecía.
—Bien —respondí—. Adaptándome otra vez.
Asintió.
—Debe ser raro volver.
—Lo es.
Hubo otro silencio.
Pero esta vez no se sintió vacío.
Se sintió cómodo.
Como si no necesitáramos llenarlo con palabras.
—Me alegra que hayas vuelto —dijo.
Esas palabras se quedaron suspendidas en el aire entre nosotros.
No eran exageradas.
No eran dramáticas.
Pero eran sinceras.
Y por alguna razón, eso fue suficiente para hacer que algo dentro de mí se moviera.
No sabía qué significaba.
No sabía qué estaba empezando.
Pero sí sabía una cosa.
Esa conversación había cambiado algo.
Porque por primera vez desde que volví…
Mateo ya no era solo alguien que veía desde lejos.
Ahora era alguien que estaba ahí.
De verdad.
Presente.
Y sin darme cuenta…
Empezaba a importar.
Editado: 08.02.2026