Después de esa conversación, nada volvió a ser igual.
No porque algo grande hubiera pasado.
No hubo confesiones.
No hubo promesas.
No hubo momentos dramáticos.
Solo palabras simples.
Pero a veces, eso es suficiente para cambiarlo todo.
Los días siguientes, empecé a notar algo.
O tal vez, empecé a prestarle atención.
Mateo estaba ahí.
Más seguido de lo que debería.
O tal vez, yo estaba ahí más seguido de lo necesario.
No sabía cuál de las dos cosas era cierta.
La primera vez que volvió a pasar, yo estaba apoyada en la reja del colegio, esperando a Tomás, como siempre. El sol caía sobre el pavimento, y el aire tenía ese calor suave que no incomoda, pero tampoco desaparece.
Lo vi antes de que él me viera a mí.
Venía caminando esta vez, no en bicicleta. Sus manos estaban en los bolsillos, y su mirada estaba fija en el suelo, como si estuviera pensando en algo.
Por un segundo, pensé en mirar hacia otro lado.
Fingir que no lo había visto.
Pero no lo hice.
Cuando levantó la vista, sus ojos encontraron los míos inmediatamente.
Y esta vez…
Sonrió.
No fue una sonrisa grande.
Fue pequeña.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
—Hola —dijo cuando llegó a mi lado.
—Hola.
El silencio entre nosotros ya no se sentía extraño.
Se sentía… natural.
—¿Esperando a tu hermano? —preguntó.
Asentí.
—Sí. ¿Y tú?
—A mi hermana.
Asentí otra vez, aunque ya lo sabía.
Había visto suficiente.
—¿Le gusta el colegio? —preguntó.
—Sí. Ya hizo amigos.
—Eso es bueno.
Hubo un pequeño silencio.
Pero ninguno de los dos parecía apurado por irse.
Eso era nuevo.
Antes, nuestras conversaciones terminaban rápido.
Ahora, se quedaban un poco más.
Como si ambos estuviéramos esperando algo.
Sin saber exactamente qué.
En ese momento, Tomás salió corriendo hacia mí.
—¡Vale!
Lo abracé rápidamente.
—Él es Mateo —le dije.
Mateo levantó una mano en un saludo tranquilo.
—Hola.
—Hola —respondió Tomás, curioso.
Tomás nunca había sido tímido.
—¿Vamos? —me preguntó.
Asentí.
Pero antes de irme, miré a Mateo otra vez.
—Nos vemos.
Él asintió.
—Nos vemos.
No era una despedida importante.
Pero se sintió como una promesa.
Esa noche, me di cuenta de algo.
Había empezado a pensar en esos momentos.
En nuestras conversaciones.
En sus miradas.
En su voz diciendo mi nombre.
Nunca había tenido novio.
Nunca había tenido algo que se sintiera así.
No sabía qué era.
Pero sabía que era nuevo.
Y por primera vez…
No me asustaba.
Editado: 08.02.2026