Cuando te volví a ver

La primera caminata

El día estaba más fresco que los anteriores.

No hacía frío, pero el viento soplaba lo suficiente como para mover ligeramente las hojas de los árboles que rodeaban el colegio. El cielo estaba despejado, con ese tono azul suave que solo aparece en las tardes tranquilas.

Había llegado unos minutos antes, como siempre.

Apoyé mi espalda contra la reja, sosteniendo mi celular sin usarlo realmente. Solo necesitaba algo que hacer con las manos.

No estaba esperando nada.

O al menos, eso intentaba decirme.

Pero cuando lo vi acercarse, supe que no era verdad.

Mateo venía caminando lentamente, con esa calma que parecía natural en él. No miraba su celular. No parecía distraído. Solo caminaba, como si supiera exactamente a dónde iba.

Cuando levantó la vista y me vio, no pareció sorprendido.

Como si ya supiera que estaría ahí.

—Hola —dijo cuando estuvo lo suficientemente cerca.

—Hola.

Se detuvo a mi lado, sin invadir mi espacio, pero lo suficientemente cerca como para que su presencia se sintiera real.

No incómoda.

Solo presente.

—¿Hace mucho que esperas? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—No mucho.

Asintió.

El silencio entre nosotros no era pesado.

Era tranquilo.

Como si ninguno sintiera la necesidad de llenarlo inmediatamente.

—¿Ya empezaste la universidad? —preguntó después de unos segundos.

—Empiezo la próxima semana.

—¿Te gusta lo que elegiste?

Lo miré.

—Sí. Creo que sí.

Sonrió un poco.

—Eso es bueno.

Lo miré también.

—¿Y tú?

—Ya empecé.

—¿Te gusta?

Se encogió de hombros ligeramente.

—Sí. Es diferente.

—¿Diferente cómo?

Pensó por un momento antes de responder.

—Más real.

No supe exactamente a qué se refería.

Pero entendí lo suficiente.

En ese momento, los estudiantes comenzaron a salir.

Busqué a Tomás con la mirada hasta que lo encontré.

Corrió hacia mí como siempre.

—¿Vamos? —me preguntó.

Asentí.

Mateo caminó junto a nosotros unos pasos.

Luego, cuando Tomás se adelantó un poco, habló otra vez.

—¿Vives en la misma casa?

—Sí.

—Yo también.

Lo miré.

Lo sabía.

Pero escucharlo decirlo lo hacía diferente.

Más real.

Seguimos caminando.

Cuando llegamos a la esquina donde normalmente nos separábamos, él no se detuvo.

Siguió caminando a mi lado.

Lo miré.

—¿No vives hacia el otro lado?

Sonrió ligeramente.

—Sí.

—Entonces…

No terminé la frase.

—No importa.

No dijo nada más.

Pero entendí.

Estaba caminando conmigo.

Porque quería.

No porque tuviera que hacerlo.

Seguimos caminando en silencio por unos momentos.

El sonido de nuestros pasos sobre el pavimento llenaba el espacio entre nosotros.

No era incómodo.

Era… tranquilo.

Seguro.

—Es raro verte otra vez —dijo finalmente.

Lo miré.

—Sí.

—Pensé que nunca volverías.

No supe qué responder.

Porque yo también lo había pensado.

—Yo tampoco creí que volvería.

Asintió, como si entendiera más de lo que decía.

Cuando llegamos frente a mi casa, me detuve.

Él también.

Hubo un momento de silencio.

Uno diferente.

Más consciente.

—Bueno… —dije.

—Bueno… —repitió.

Nos miramos.

No queríamos despedirnos.

Pero tampoco sabíamos cómo quedarnos.

—Nos vemos mañana —dijo.

No era una pregunta.

Sonreí un poco.

—Sí.

Entré a la casa.

Pero antes de cerrar la puerta, lo miré una vez más.

Seguía ahí.

Mirándome.

Y por primera vez desde que volví…

Sentí que estar ahí tenía sentido.

Porque ahora, él también estaba ahí.




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