Ella siempre sonreía con él. Pero esa tarde fue diferente.
Estaban caminando sin rumbo fijo, como solían hacerlo. Él estaba contándole una historia absurda sobre algo que había pasado en su universidad, exagerando cada detalle con una seriedad falsa.
—Y entonces el profesor se quedó mirándome, como si yo hubiera destruido su vida —dijo él, dramáticamente.
Ella soltó una pequeña risa.
—No fue así.
—Fue peor.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Peor?
—Sí. Me dijo: “esperaba más de ti”.
Él imitó la voz con tanta exactitud y exageración que ella no pudo contenerse.
Se rió.
Pero no fue una risa pequeña.
Fue una risa real.
Libre.
Espontánea.
De esas que salen sin permiso.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, cubriéndose la boca, mientras él la miraba como si acabara de presenciar algo único.
Porque lo era.
Nunca la había visto así.
Nunca la había visto tan feliz sin reservas.
Y en ese instante, él supo que haría cualquier cosa por volver a escuchar esa risa.
Ella, por su parte, sintió algo nuevo.
Seguridad.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, pudiera ser ella misma sin miedo.
Editado: 08.02.2026