Cuando el sol desaparece
ya no interviene más.
Se queda lejos,
como si supiera
que aquí abajo
ya no queda paz.
No hay paz en tus abrazos,
ni en la tibieza de tus caricias,
ni en esa sonrisa
que antes
era mi hogar.
El sol ya no interviene.
Tal vez porque sabe
lo que yo todavía temo decir:
que ya no me amas,
que en algún rincón de tu pecho
mi nombre se volvió
peso.
Y si el sol no vuelve
quizás sea porque entendió antes que yo
que ya no pensás en mí,
que ya no sentís,
que ya no amás.
Cuando el sol desaparece,
no es el cielo el que se oscurece.
Somos nosotros.